domingo, 12 de agosto de 2007

Sobre la belleza interior


La belleza exterior es importante. Todos cuidamos nuestra apariencia. Si somos públicos la cuidamos mucho más todavía, ya que nuestro cuerpo es nuestra tarjeta de presentación ante los demás. Muchos dicen que la ropa es una prolongación de la personalidad. La ropa dice mucho sobre un individuo, porque lo retrata hacia fuera. Como una persona se viste es importante, pues la vestimenta refleja nuestro gusto, y la influencia que opera en nosotros la moda. La imagen estética de un individuo es importante. Cómo nos vestimos deja una huella en la mente de los demás. La ropa que usamos comunica a los demás nuestra forma de ser y de pensar, nuestro nivel social y nuestras preferencias estéticas.
Lo de afuera es importante, pero cuando lo de afuera es más importante que lo de adentro debemos abrir los ojos, pues quizás nos estamos tornando superficiales y huecos en el hombre interior. Creo que lo de adentro y lo de afuera, deben estar en equilibrio. Es verdad que la vida está compuesta por la apariencia y la realidad interior, pero creo que lo más importante es lo que tenemos adentro. Para mí, tener equilibrio entre la fachada exterior y el mundo interior, consiste en poner en primer lugar lo de adentro, sin descuidar lo de afuera. Así, pues, ¿cómo cuidamos nuestro hombre interior? ¿Cómo lo fortalecemos para que no seamos personas livianas, vulnerables e intrascendentes? Las respuestas a estas preguntas las tiene el Dr. Billy Graham que dice: “Los expertos nos dicen que la sociedad está enferma. Sus panaceas han procurado tratar la fragilidad humana ofreciéndole viviendas económicas, bienestar social, integración radical y racial y un condicionamiento sociológico. Pero estamos dándonos cuenta de que todo esto no es la respuesta total. El mundo necesita ser cambiado; la sociedad y la nación también. Pero nunca lograremos necesarios, mientras no cambiemos nosotros personalmente. (Interiormente) Y no vamos a cambiar mientras no nos contemplemos en el espejo de nuestra propia alma, haciendo frente con franqueza a lo que somos por DENTRO. Luego debemos reconocer sinceramente que hay un defecto en la naturaleza humana, una desviación inherente, que se desvía y se deriva de la rebelión natural del hombre contra Dios. En este momento no estoy predicando. Simplemente procuro que comprendas el por qué de tus actos. Pero también deseo mostrarte, finalmente, que sólo hallarás tus respuestas en una relación personal con Dios”.
Dios puede y quiere cambiar nuestro corazón. El verdadero cambio procede de adentro hacia fuera. En el ámbito físico tu corazón es la bomba que impulsa la circulación de la sangre. El corazón es uno de los órganos más importantes del cuerpo. La palabra corazón también se utiliza en la Biblia en sentido metafórico para referirse a los sentimientos y el hombre interior. Cuando el apóstol Pablo les escribió a los efesios: ‘Que habite Cristo por la fe en vuestros corazones’ (Efe. 3:17), se refiere a que cada persona debe entregarle el corazón a Dios para poder de esa manera tener vida interior y ser vivificado constantemente por el Espíritu Santo. Nuestra creencia en Dios debe involucrar todo nuestro ser. Debemos creer de todo corazón y la voluntad, las emociones, el intelecto y la apariencia exterior deben estar rendidos a nuestro Señor. Siempre debemos tener en cuenta que la vida tiene dos caras, pero que la más importante es lo de adentro, el corazón. Para poseer belleza interior debemos dejar que Dios penetre toda nuestra alma y corrija todo lo que está desordenado, ordene los conceptos que albergamos y nos oriente con su palabra para que nuestro corazón pueda funcionar equilibradamente. Romanos 10:8 dice: “Cerca de ti está la palabra en tu boca y en tu corazón…”.


Julio C. Cháves
escritor78@yahoo.com.ar

Un mundo sin rumbo


El hombre actual está desorientado, corre hacia ningún lado. Está perdido en la nada. Nuestro mundo se ha ido derrumbando de a poco. Los cambios han sido lentos, pero destructivos. La verdad absoluta de Dios, ha sido reemplazada por un relativismo moral, que ha trastocado radicalmente los valores. Las palabras han sido malversadas. Un ejemplo claro es la malversación de la palabra amor. Hoy se llama amor al amor libre. Ahora, bien, ¿qué es el amor libre? El Dr. Rubén Juan Spataro en su libro ‘Charlando sobre sexo’, dice: “El ‘Amor libre’ no es expresión de libertad. Quines practican este tipo de amor se ‘Creen’ libres, pero en realidad sucumben en los impulsos de las tentaciones biológicas, a su inmadurez, a las consecuencias de importantes alteraciones familiares, a los propósitos de sus conductas neuróticas, a la civilización ‘Libertadora’ que incita a esta práctica. Este tipo de relación cosiste en llegar a la fornicación sin vínculo afectivo alguno. De esta forma los jóvenes se unen íntimamente a una muchacha tras otra, guiados por un desinterés y un deseo de satisfacción egoísta, personal, sin amor, con el solo objeto de probar su virilidad social. ‘Un hombre seguro de su virilidad no siente compulsión de probarla’, dijo M. Levín”. Las palabras más importantes para las relaciones humanas han sido malversadas. Por esto, debemos abrir bien los ojos, cuando nos hablan de amor, porque quizás nos están estafando por medio del lenguaje llamando a cosas por un nombre, cuando en realidad quizás son otra muy distinta.
Creo que el hombre moderno se ha sumido en la confusión y el relativismo moral, porque ha dejado de lado la palabra de Dios. Las leyes dictadas por los hombres son siempre vulnerables, transitoria, pasajeras, mudables. En cambio, la ley suprema de Dios es infalible, eterna y pertinente, Las leyes humanas, estructuradas para regir a la sociedad, son en cierta forma el producto de la cultura, de la historia de cada país, de la tradición, del medio social y de la idiosincrasia de cada pueblo en particular. Por tanto necesitan reformas de tiempo en tiempo. En contraste con las leyes humanas, está la palabra de Dios que es perpetua, inmutable y pertinente. Sus principios se aplican a todos los hombres, a todas las épocas y a todas las culturas. Cuando algunos judíos decían que Jesús era un innovador de la ley, el divino Señor les contestó con éstas palabras terminantes: “No penséis que he venido para abrogar la ley o a los profetas; no he venido para abrogar, sino para cumplir. Porque de cierto de cierto os digo que hasta que pasen el cielo y la tierra, ni una jota ni una tilde pasará de la ley, hasta que todo se haya cumplido”. (Mateo 5:17-18).
La ley de Dios es imperecedera e inmutable. El supremo rey del universo promulgó una ley que ha regido desde la eternidad y continuará en vigencia por la eternidad. La palabra de Dios no puede dejar de cumplirse. En el inmortal sermón del monte, el Señor Jesús explicó a una muchedumbre de personas, la inescrutable profundidad de la palabra de Dios. Debido a esto, podemos decir que la verdad de nuestro Dios, llega como flechas puntiagudas, hasta las cámaras más internas del alma. Alcanza los pensamientos, los sentimientos y las intenciones más escondidas del corazón. Establece una norma para los aspectos más íntimos de la vida intrapersonal e interpersonal. Así pues, la palabra de Dios hace a nuestra conciencia una inquietante revelación, y nos manifiesta con toda claridad la gran necesidad que tenemos en el orden espiritual, destacando cada una de nuestras debilidades, cada una de nuestras caídas y pecados. La palabra de Dios es nuestra brújula infalible.
Julio C. Cháves
escritor78@yahoo.com.ar

El infalible remedio para los males del corazón


El corazón humano está impregnado de pecado, y en conocimiento de la penalidad que la ley establece para la infracción, se encuentra frente al complejo dilema de la muerte eterna. Somos imperfectos. Hemos quebrantado la palabra de Dios. Desde que éramos niños hemos violado los mandamientos del decálogo. Es decir, hemos cometido pecado y merecemos la muerte. Por tanto, la suerte que nos espera es la muerte eterna a menos que alguien intervenga a nuestro favor. Pero gracias a Dios existe un gran remedio para el pecado y el corazón humano. Los males del corazón pueden ser remediados por el redentor. Hay una manera de escapar de la muerte inevitable. Es Jesús, el salvador del mundo, quien es nuestro salvador personal si le aceptamos como tal. “Siendo justificados gratuitamente por su gracia –declaró el apóstol Pablo- por la redención que es en Cristo Jesús”. (Ro. 3:24).
Con razón, pues, San Pablo afirma a los Gálatas: “De manera que la ley ha sido nuestro ayo, para llevarnos a Cristo, a fin de que fuésemos justificados por la fe”. (Gá. 3:24). He aquí, pues, una de las grandes misiones de la ley: Llevarnos a Cristo. ¿Cómo nos lleva a Cristo la ley? Mostrándonos nuestras manchas y deficiencias espirituales, revelándonos nuestro pecado. Luego, ante el hecho de que nos resulta absolutamente imposible justificarnos por nosotros mismos, frente a la total inutilidad de nuestros esfuerzos para lograr nuestra justificación, resolvemos ir a Aquel que vertió su sangre para limpiarnos de nuestros pecados y librarnos de la muerte eterna. Jesús nos ofrece hoy mismo su poder para lavar nuestra vida de toda contaminación.
El profeta Jeremías, respecto a la importancia humana frente a los pecados, explica: “Aunque te laves con lejía, y amontones jabón sobre ti, la mancha de tu pecado permanecerá aún delante de mí, dijo Jehová”. (Jeremías 2:22). Es imposible liberarnos de la muerte por nuestra propia cuenta. Pero tan pronto como se hace carne en nosotros la convicción de nuestra insuficiencia frente al manchado registro de nuestra vida pasada y de nuestros pecados pasados, resuena en nuestros oídos y halla eco en nuestro corazón la gloriosa verdad de que: “La sangre de Cristo su Hijo nos limpia de todo pecado”. (1º Juan 1:7). Por el arrepentimiento y la confesión de nuestro pecado (1º Juan 1:9) éste queda perdonado, borrado, limpiado, satisfecha la exigencia de la Ley, y el trasgresor plenamente justificado a los ojos de Dios.
El Dr. Billy Graham, respecto a la justificación de los pecados, escribió: “Hay una cuatrocientas sesenta menciones de la sangre en la Biblia. En el Nuevo Testamento, Jesús nos habla 14 veces de su sangre. ¿Por qué? Porque con el derramamiento de su sangre hizo posible nuestra salvación. Pagó la pena de nuestros pecados, y nos redimió. La paga de nuestro pecado y rebelión es la muerte. Jesús se presentó diciendo: ‘Yo acepto esa muerte’, y voluntariamente puso su vida, recibiendo el castigo que merecíamos nosotros. Ese es el significado de la cruz. La sangre de Jesucristo no sólo nos redime, sino que nos justifica. Ser justificados significa más que ser perdonados. Yo puedo decirte: ‘Te perdono’, pero no puedo justificarte. Pero Dios no solo perdona tu pasado, te viste ropas de justicia, como si nunca hubieses pecado. Sin embargo, costó la sangre de su Hijo en la cruz”. Apocalipsis 1:5 dice: “Al que nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangre”. Jesús es el remedio infalible para los males del corazón. De eso no hay duda.

Julio C. Cháves
escritor78@yahoo.com.ar

Video: Funki - Mi maestro

Sobre lo superficial y lo profundo


Las palabras son como puentes que nos permiten comunicarnos con los demás. Esto se llama facultad de hablar. Cuando hablamos transmitimos sentimientos, conceptos, aforismos, y hasta nuestro particular estado de ánimo. Hay palabras que son parecidas a otras, porque parecen que significan lo mismo, pero lo cierto es que no son para nada parecidas, pues, son totalmente diferentes. Hay personas que no saben que esto sucede, y que por tanto, confunden algunas palabras con otras, que casi, se refieren a lo mismo. Por ejemplo: Hoy se confunde ver con MIRAR, oír con ESCUCHAR, entender con comprender, cuando en la realidad estas palabras no tienen nada que ver una con otra.
Diferenciamos palabra por palabra. Ver: significa abrir los ojos para, de ese modo, dejar que entre una imagen en nuestra retina. En tanto, mirar significa captar algo, detenerse ante algo, observar algo con atención y minuciosidad. Oír: significa percibir sonidos que nos llegan y que más o menos se mueven a nuestro alrededor. Por su parte, escuchar, que muchas veces se confunde con oír, quiere decir: prestar atención a lo que alguien está diciendo, seguir el discurso de alguien, con los cinco sentidos puestos en lo que nos dicen, recibiendo, de ese modo, las palabras para agarrar su contenido conceptual. Hay gente que oye, pero que no escucha. Entender: significa ir hacia otro individuo. Mientras que comprender: significa abrazar, sentir empatía por otra persona, aliviar. En definitiva, significa ponerse en el lugar del otro y escuchar lo que la otra persona dice desde ese ángulo.
¿Por qué he compartido contigo el significado de esas palabras? Porque hoy día se confunde superficie con profundidad. Hoy se confunde lo de afuera con lo interior. Hoy vivimos en un mundo que ha malversado las palabras. Las palabras son mal utilizadas. Debido a esta malversación de las palabras, las masas han usado, abusado y falsificado los conceptos primordiales. De ahí el origen de tanta confusión, de tanto vacío, de tanta verborrea trivial. “De tanto hablar, -dice el Dr. Jaime Barylko-, decirse, expresarse, sincerarse, de tanto sentir y perseguir el sentimiento de su evolución, en sus variaciones, aprendimos a existir neuróticamente, al ataque y a la defensa, bajo el gran lema autoritario del siglo: ¡HAY QUE HABLAR, HAY QUE DECIR TODO, TODO, TODO! La gente empezó a decirse todo, y de todo. Las parejas, agradecidos los unos a los otros por haberse dicho todo, pero todo lo que tenían adentro, se fueron separando. Los hijos les dijeron todo a sus padres, y estos no supieron qué decirles a sus hijos, de tan culpables que se sentían. Entonces los derivaron a divanes. El psicólogo dijo que también ellos necesitaban diván. Crecieron los divanes. Creció el decir, el hablar, el sentir, el desahogarse y la catarsis universal”.
La malversación de las palabras ha desvanecido en la tristeza de la sociedad neurótica donde vivimos. Las palabras malversadas, primero, han oscurecido la vida intrapersonal, y posteriormente, han complicado las relaciones interpersonales, produciendo fricción, quebraduras y heridas abundantes en el corazón de las masas, de las multitudes sin identidad. Hoy abundan las palabras huecas, sin rumbo, sin sentido. El vocabulario de la gente es precipitado, inseguro. Las lenguas profieren mentiras sin parar. Los corazones confundidos maquinan conceptos totalmente degradantes y contrarios a la dignidad humana. ¿Cambiaremos alguna vez nuestra manera de hablar? ESPERO QUE SÍ Y QUE SEA A TIEMPO.

Julio C. Cháves
escritor78@yahoo.com.ar

No desperdicies la oportunidad



Hay un conocido refrán árabe que dice así: “Hay cuatro cosas que no vuelven jamás: La palabra pronunciada, la saeta disparada, la experiencia tenida y la oportunidad desperdiciada”. Dios da oportunidades. Él siempre está dispuesto a ayudarnos. Sin embrago, si tuviéramos que apilar la oportunidades desperdiciadas de la vida, por cierto nos faltaría espacio dentro de nuestras casas, y debido a esto, tendríamos que construir un inmenso galpón para las mismas. Claro, pues, que todos no somos iguales. Por tanto, hay personas que sólo tendrían que construir un cuarto muy pequeño, ya que son responsables y toman con seriedad la vida. También, por otro lado, se encuentran los individuos despreocupados por las cosas de la vida, olvidadizos, y adeptos al ‘NO TE PREOCUPES…’. Estos tendrían que alquilar galpones gigantes, pues su especialidad es desperdiciar oportunidades todo el tiempo. Hay personas que hacen del desperdicio de oportunidades un arte. Pero también estamos aquellas que antes practicábamos este arte, pero que ahora empezamos a aprovecharlas lo mejor posible.
No cabe duda de que cuando desaprovechamos una oportunidad nos afectamos a nosotros y a los demás. Digo esto, porque hay muchos individuos que piensan, egoístamente, que derrochar oportunidades sólo les afecta a ellos. Pero lo cierto es que somos parte de una familia, de una sociedad, de una estructura colectiva. El desperdicio de oportunidades genera movimientos concéntricos. Cuando una persona tira una piedra a un lago y cuando esa piedra toca el agua, se producen ondas en la superficie, formando aquellos círculos concéntricos que tan agradables son. En cambio, cuando hago el bien y aprovecho las oportunidades, yo y los demás se benefician. Cuando una persona desperdicia una oportunidad nos perjudicamos todos. Todos nos vemos afectados por las decisiones particulares de cada uno.
Lo mismo pasa con la salvación. Nadie va solo al cielo o al infierno. Todos elegimos a donde queremos ir como destino final. Vamos al cielo cuando aprovechamos la oportunidad de salvación que nos da Dios. Hebreos 10:38 dice: “Mas el justo vivirá por fe; y si retrocediere, no agradará a mi alma”. Y 2º de Corintios 6:2 cuenta: “En tiempo aceptable te he oído, y en día de salvación te he socorrido. He aquí ahora el tiempo aceptable; he aquí ahora el día de salvación”. Dios nos da oportunidades de salvación a todos. Dios no es racista ni discrimina a nadie. Él acepta a todos por igual. Somos nosotros quienes en determinados momentos desperdiciamos oportunidades.
Así, pues, ¿cómo desperdiciamos oportunidades? Quizá porque estamos absorbidos por problemas personales, luchando con compromisos, corriendo siempre de un lado para otro, y debido a esto, dejamos de lado las preguntas trascendentes y fundamentales de la vida. El mundo circundante nos absorbe y dispersa con su ruido mundanal. Por esto muchas veces huimos de lo importante y prestamos atención desmedida a lo accesorio. Preferimos la cáscara y dejamos el núcleo de lado. Te cuento el ejemplo de una persona que desperdició la oportunidad de salvación que Dios le dio: Él era un joven rico que se acercó a Jesús para obtener la salvación que ofrecía. Jesús le dijo al joven que vendiera todo lo que tenía porque amaba mucho a las riquezas y que luego, viniera en pos de Él. Pero este joven estaba tan intoxicado de su egolatría y su propia voluntad, de su voracidad y su piedad, que se sublevó ante Jesús y sus demandas. La Biblia dice que este joven se alejó de Jesús muy triste, pues tenía muchas riquezas. A este le fue difícil ser humilde ante Jesús, ya que estimaba en grado superlativo su propia persona. Por causa de su orgullo, su soberbia y su egolatría, el joven rico desperdició la oportunidad de ser salvo.
Lo mismo pasa con muchas personas en la actualidad. Están tan engreídos que piensan hipócritamente que no necesitan de Dios. Son tan soberbios que ellos sólo necesitan de ellos mismos. A estos se dirige el apóstol Juan cuando dice: “Yo te aconsejo que de mí compres oro refinado en fuego, para que seas rico, y Vestiduras blancas para vestirte, y que no se descubra la vergüenza de tu desnudez; y unge tus ojos con colirio, para que veas (…) He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo”. (Apocalipsis 3:18-20). Cuando Dios te ofrezca la oportunidad de salvación no debes desperdiciarla. Solamente los que aceptan la salvación en esta vida serán salvos.
Es cierto, sin asomo de duda, que ningún ser humano es imprescindible para Dios, ya que Dios, de igual modo, sigue existiendo aunque nosotros lo rechacemos. Pero también no cabe duda que Dios nos ama y desea lo mejor para nosotros. Él desea que seamos salvos, que no desperdiciemos la oportunidad de salvación. Dios, un día muy cercano, nos pedirá cuenta de nuestras elecciones de vida. Él nos dirá si hemos acertado o hemos equivocado el camino. Nos dirá si lo que hicimos estuvo bien y si lo que dejamos de hacer estuvo mal. La vida está llena, que muchos derrochan, de oportunidades. Está en nosotros aprovecharlas bien o mal. Debemos aprovechar las oportunidades que Dios nos da con sabiduría. De cada oportunidad que Dios nos concede hay un peldaño hacia el cielo. Muchas personas se esconden en la apatía, la indiferencia, y el ocio destructivo. La elección es nuestra. Elegir está en nuestras manos. Nelson Fachinelli dijo: “Soy heredero de la Esperanza de un mundo que no es el mío; mi única herencia, es la vida que Dios me da”. En nosotros está elegir el bien o el mal, la salvación o la condenación, una vida positiva o una vida miserable.

Julio C. Cháves
escritor78@yahoo.com.ar

Recursos humanos



En su filme ‘Recursos humanos’, el director Lauren Cantet cuenta la siguiente historia: “Franck, un estudiante de administración de empresas en París, regresa a la casa familiar para pasar un periodo como becario en la fábrica donde su padre lleva trabajando hace treinta años. Después de años de independencia, Franck renueva los lazos con su familia, especialmente con su padre, que disfruta la situación. En la fábrica, Franck es asignado al departamento de Recursos Humanos. Seguro de sí mismo, cree que puede desbloquear las negociaciones sobre la reducción de la jornada laboral, que llevan tiempo enfrentando a la dirección y los sindicatos. Asume su tarea con entusiasmo hasta que descubre que sus esfuerzos están sirviendo en realidad para poner en marcha un plan de reestructuración que implica el despido de varios empleados, incluido su padre. La furiosa confrontación que sobreviene obligará a padre e hijo a que se unan en pos de una lucha contra el desempleo y la desesperanza.
Desde que vi ‘Recursos Humanos’, muchas películas han pasado por mis ojos, pero esta película (Cantet) me emocionó de modo particular porque representa vivamente la situación de muchas fábricas de mi amado país. A decir verdad, la emotividad es uno de los logros más significativos del filme porque, en rigor, el registro que usa el director es casi documental. No hay una sola escena efectista, que deliberadamente pretenda manipular al espectador. Los directores Hollywoodenses tendrían que verla todos los días antes de empezar a trabajar en esos primeros planos de lágrima fácil sugeridos por marketing. Raúl Forlán Lamarque hizo este comentario respecto a este filme: “Laurent Cantet en el filme se propone una meditación a través de los personajes y no tendrá frenos en efectuar desde la propia gestión visual y desde el propio roce de los personajes en el universo de una fábrica de provincia, y un severo ejercicio crítico contra los efectos tremendos del neoliberalismo y la globalización y esa idea tan modernosa y tan en principio alarmante del ‘pensamiento uniforme…’, y sin contrastes, sin la confrontación revulsiva, solventemente democrática. Para muchos todo puede sonar anacrónico. Pero ‘Recursos Humanos’ instala un eje de discurso, como para que el espectador se ajuste el cinturón y logre articular un fluir reflexivo paralelo a la acumulación de datos y a la acumulación de imágenes donde esos rostros lucen inconfundiblemente carnales, de credibilidad a prueba de cualquier idea de simulacro”.
Recursos humanos habla de la realidad de nuestro tiempo, el desempleo. Hoy hay poco trabajo. Y hemos llegado a un punto tal de pobreza que incluso podemos ver por televisión gente comiendo de la basura. ¿A qué desenlace ha llegado nuestro país? Creo que no hace falta decirlo. Los políticos corruptos se han enriquecido, mientras que por otro lado, los pobres están cada vez más pobres. ¡Que tristeza me da escribir estas líneas! La política de nuestro país es una mala palabra. Lo es, y nosotros los ciudadanos tenemos razón en afirmar que la moneda corriente de hoy es la impunidad. En estos funestos tiempos, hay políticos que en vez de pensar en la gente sólo piensan en su status económico, en su figuración social, en su quinta, en sus trajes…etc., en lugar de pensar en cambiar a la sociedad positivamente. Hay políticos que se enamoran de sus cargos, de la alfombra roja, de salir en los diarios, de sentirse importantes, superiores y omnipotentes como si fueran dioses. La política es una mala palabra porque los que la ejercen conviven con la soberbia, el engaño, el lujo obsceno, y la vanidad de querer perpetuarse en su rango. Estamos mal como país por el simple hecho de que quienes nos gobiernan sólo les importa su bienestar personal, su teléfono personal y su 0km. ¿Cómo puede mejorar un país con esta clase de líderes? Yo siempre digo que hay locos que tienen buena salud. El problema está en la cabeza. Lo mismo pasa con nuestro país, el problema está en la cabeza.
¿Hay alguna solución? ¿Hay alguna vía de escape? ¿Podemos recurrir a alguien honesto? ¿Hay alguien con características dignas de imitar? El único que nos queda es Dios. En Él hay esperanza, paz y certidumbre en este país azorado por el engaño y la corrupción. En Dios es en quien debemos confiar.


Julio C. Cháves
escritor78@yahoo.com