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viernes, 14 de septiembre de 2007

El germen del cambio

Nada sucede hasta que alguien no decide moverse, pero el impulso para el movimiento se consigue de en diferentes lugares. Ernesto Che Guevara pospuso sus planes inmediatos para encontrar el sentido de su vida observando Sudamérica. Una motocicleta, un diario y un amigo. Era un viaje de reconocimiento geográfico, pero chocó de frente con un muro de miseria, injusticia y desigualdad que lo puso en movimiento. Walter Salles, guiado por Alberto Granado, su compañero de viajes, llevó la historia al cine en su película Diarios de Motocicleta.
Lo mismo pasó con Nehemías, quien estaba relativamente acomodado entre los deportados. Al enterarse de la condición en que vivía su gente y la situación de su nación también se puso en movimiento. Cuando me encuentro con creyentes desencantados con la iglesia, enfermos por la tradición o altamente heridos y desmotivados les pregunto que están haciendo para cambiar la realidad actual, solo me responden que esperan, sin moverse. Fuente:
www.pezmundial.com

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Revoluciones

Para hacer realidad una revolución como la reforma protestante es necesario combinar el sentir de una época con los anhelos de un pueblo y las aspiraciones de un gran líder. Cuando estas tres cosas (los tiempos, los pueblos y un líder) coinciden en tiempo y espacio, estalla una revolución.
La reforma no fue solo
Lutero, sino también un asunto de la época. En los tiempos en que surgió, Europa estaba abrazando una nueva cosmovisión, dejaba atrás los tiempos oscuros del medioevo para abrazar el renacimiento, con todas sus implicaciones. Eran tiempos de cambios, donde el poder y las ciudades del mundo pasaban de mano en mano y cada semana aparecía un nuevo continente. Eran tiempos de inconformes, donde la gente no se sometía fácilmente a los argumentos simplistas tradicionales para explicar asuntos complejos, tenían sed de conocimiento, querían respuestas para todas sus preguntas. Adicional a esto, florecía un sentir de volver atrás, de retomar la belleza de los clásicos olvidados.

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Cristianamente apadrinados


Después de ver a Lázaro Carreter despotricar sin reparos contra el anglicismo “Sponsor”, en su libro El dardo en la palabra, me puse a pensar en los mecenas cristianos. Durante el renacimiento florecía el mercado artístico por medio de la esponsorización (con el perdón de Carreter). Los poderosos patrocinaban sus artistas protegidos, algunos hasta eran acomodados en palacios y les asignaban cuantos gustos asomaran a sus artísticos deseos.
El cristianismo y el mecenazgo han venido hermanados desde el renacimiento, esta unión floreció con papas renacentistas como
Julio II, quien cargó para sí con el honor de ser protector de Miguel Ángel y Rafael. Se dice que hostigó tanto a Miguel Ángel en los trabajos artísticos de la Capilla Sixtina, que el artista terminó echandolo del lugar como requisito para terminarle la obra. Fuente: www.pezmundial.com


Convicción y responsabilidad


He estado leyendo un poco de Max Weber y sus teorías sobre la ética de la convicción y la ética de la responsabilidad. Siempre me ha interesado mucho el campo de la sociología, a la que Weber, junto a la política y la economía, dedico gran parte de su tiempo.
No es algo tan simple como lo que pretendo mencionar, pero en algo tiene que ver. Este sociólogo alemán presentó dos lados o, si se quiere extremos, donde ambos se necesitan y a la vez se repelen: el lado de la convicción y el lado de la responsabilidad. Quien no se coloca en un punto medio, matizando o mezclando cada parte, tarde o temprano se convertirá en extremista.
Ya lo dice antes, solo repito: un extremista no es más que un radical, el cual inició muy bien intencionado pero permaneció en un solo lado (o posición) más tiempo del conveniente. Fuente: http://www.pezmundial.com/