El remedio contra la tristeza y la depresión es la adoración, la alabanza. Cuando adoramos a Dios, aún en medio de los momentos difíciles, él nos fortalece. David, el dulce y apasionado cantor de Israel, no siempre estaba alegre. De hecho, uno de sus cantos dice: “Fueron mis lágrimas mi pan, de día y de noche, mientras me dicen todos los días: ¿Dónde esta tu Dios? ¿Por qué te abates, oh alma mía, y te tubas dentro de mi”. El gran salmista David, que con su música ahuyentaba los demonios que atormentaban al rey Saúl, también paso por momentos difíciles. Sin embargo, nunca dejó de alabar a Dios. David escribió en uno de sus salmos: “Levantaré mi cabeza sobre mis enemigos…y yo sacrificaré…sacrificios de júbilo…”. (Salmo 27:6). Al igual que el salmista David, Pablo y Silas también conocían el poder de la alabanza. Estando en la cárcel plagada de ratas, ambos, a la medianoche, acompañados por el látigo del carcelero y el cepo, entonaron su alabanza al Señor. Los demás presos los escuchaban alabar a Dios. Por supuesto que estar con los pies en el cepo no es nada agradable y muchos menos entonar cánticos de alabanza en tal circunstancia, pero ellos persistieron en su alabanza y adoración a Dios en medio de la dificultad y esto atrajo la bendición de Dios sobre ellos y los demás presos. Incluso el carcelero pagano aceptó al Señor como salvador. En su libro El guerrero adorador, Pierce & Dickson, escribió: “La adoración está en el centro de esta grandiosa guerra espiritual. Siempre se ha tratado de la adoración, se ha pensado con adoración y será ganada con adoración. ¡Dios nos llama a ser guerreros de adoración! Mientras luchamos contra los enemigos de las tinieblas, necesitamos empuñar la autoridad que Dios nos ha dado. Debemos transformarnos en guerreros de adoración”. La adoración a Dios nos pone por encima de todos nuestros enemigos. Al adorar a Dios y exaltarlo con nuestros cánticos de alabanza él rompe las cadenas que nos atan y nos lleva de gloria en gloria. Mientras escribo estas líneas puedo sentir la presencia de Dios. La alabanza tiene poder. Cuando alabamos y adoramos a Dios las puertas de la prisión se abren, las cadenas se caen, los caminos se abren, las lágrimas se convierten gozo y maldición se convierte en bendición. Dios habita la alabanza y la adoración de sus hijos.
La ley de la adoración dice que si buscamos a Dios y lo ponemos en primer lugar, lo demás vendrá por añadidura. Aún en los momentos de dolor, alabemos a Dios y él hará. Deleitémonos en él y las peticiones de nuestro corazón se harán realidad. No pensemos en nuestros problemas. No pensemos en lo malo. Pensemos en lo bueno que es Dios. Pensemos en que él interviene a nuestro favor. “Clame a Dios pidiendo misericordia para que pueda ver su mano en cada prueba y, entonces, le concede la gracia…de someterse enseguida. No sólo someterse, sino doblegarse y regocijarse por ello gozosamente. Creo que, generalmente, cuando llegamos a esto, vemos el fin de la aflicción”, dijo Charles H. Spurgeon.
Julio césar cháves escritor78@yahoo.com.ar
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