lunes, 21 de abril de 2008

Por encima de los demás


La soberbia, del latín superbia, es la estima exagerada de uno mismo, es un amor propio indebido. La soberbia es lo que causó la rebelión de Lucifer. La soberbia se opone a la humildad y la bondad. La soberbia hace creer al hombre que se encuentra por encima de los demás. Para la iglesia católica la soberbia encabeza la lista de los siete pecados capitales que escribiera Santo Tomás de Aquino. Según el cristianismo la soberbia se define como envanecerse, olvidarse de Dios. Genéricamente la soberbia se define como la sobrevaloración del yo, considerando que si alguien se encuentra en una posición elevada, puede subvalorizar el contexto. Debido a la soberbia se destruyen familias, empresas, naciones. También se puede definir la soberbia como la creencia de que todo lo que uno hace o dice es superior, y que se es capaz de superar todo lo que digan o hagan los demás.

El psiquiatra Enrique Rojas dice a este respecto: “La soberbia consiste en concederse más meritos de los que uno tiene. Es la trampa del amor propio: estimarse muy por encima de lo que uno vale. Es falta de humildad y por tanto, de lucidez. La soberbia es la pasión desenfrenada sobre sí mismo. Apetito desordenado de la propia persona que descansa sobre la hipertrofia de la propia excelencia. Es fuente y origen de muchos males de la conducta y es ante todo una actitud que consiste en adorarse a sí mismo: sus notas mas características son prepotencia, presunción, jactancia, vanagloria, estar por encima de todos lo que le rodean. La inteligencia hace un juicio deformado de sí en positivo, que arrastra a sentirse el centro de todo, un entusiasmo que es idolatría personal”.

El soberbio aunque este equivocado dice estar en lo cierto. No escucha consejos. No entra en razón. Se cree mejor que los demás. Cada vez que puede quiere mostrar su grandeza. Cuando habla en público o refiere una opinión piensa que sus ideas son infalibles. El soberbio no reconoce sus errores ni advierte sus defectos. Lamentablemente la soberbia es un mal que no solamente destruye al portador de este pecado sino que también destruye sus relaciones interpersonales, trayendo infelicidad, desgracia, corrupción moral. La soberbia hace a la persona exclusivista y ambiciosa, dispuesta a sobresalir cueste lo que cueste. El soberbio busca los primeros lugares, desea mostrase, quiere ser alabado. Santo Tomás de Aquino dice que la soberbia es la raíz de toda maldad.

En su ensayo Los siete pecados capitales, el filósofo español Fernando Savater dice que “Ser soberbio es básicamente el deseo de ponerse por encima de los demás. No es malo que un individuo tenga una buena opinión de sí mismo —salvo que nos fastidie mucho con los relatos de sus hazañas, reales o inventadas— lo malo es aquel que no admite que nadie en ningún campo se le ponga por encima. En general, podemos admitir que nosotros tenemos cierto lugar en el ranking humano, y que hay otros que son más prestigiosos. Pero los soberbios no le dejan paso a nadie, ni toleran que alguien piense que puede haber otro delante de él. Además sufren la sensación de que se está haciendo poco en el mundo para reconocer su superioridad, pese a que siempre va con él ese aire de "yo pertenezco a un estrato superior". De la soberbia surgen otros males como la envidia, la ostentación, la vanagloria, el desprecio y la jactancia. La soberbia hace desgraciados e infelices a los que la fomentan. Cada éxito de sus semejantes es un suplicio para los soberbios. Si fulano se compra un coche nuevo el soberbio se pone mal. Si a mengano le va bien en sus finanzas el soberbio argumenta chismes con el propósito de socavar el prestigio ajeno. La soberbia hace al hombre juguete de las pasiones y los vicios. La pequeña soberbia de hoy, se convertirá mañana en insubordinación; y más tarde en herejía. La soberbia de ciertas personas ha causado catástrofes. La tragedia del Titanic es un clásico ejemplo de soberbia. Cuando este inmenso barco zarpó a la mar, a bordo, confiados los tripulantes en la aparente infalible seguridad del barco, los pasajeros se avocaron a divertirse, se entregaron a la orgía, al baile y al desenfreno y para colmo el orgulloso capitán del imponente barco puso un letrero en costado del buque: “Contra mí, ni Dios”. A las pocas horas, un iceberg partía al Titanic a la mitad hundiéndolo en el océano. Esta historia se repite a cada instante: no con barcos, pero sí con personas. Personas que llevan en su vida, en su pensamiento, ese mismo letrero: "contra mí, ni

Dios, y a las pocas horas, pocos años, son un puñado de ceniza”.

Julio césar cháves escritor78@yahoo.com.ar