jueves, 3 de enero de 2008

¿Cuál es la verdadera causa de la guerra?


¿Por qué razón, pese a los planes trazados por Dios en el principio, y al interés que manifiesta hoy por el reinado de la paz en el planeta, observamos un cuadro de guerra y destrucción, de muerte y de luto por todo el mundo? Esta pregunta parece compleja, pero lo cierto es que es muy fácil de responder, pues el apóstol Santiago señaló, respaldado por la inspiración divina, cual es el meollo del problema: “¿De dónde vienen las guerras y los pleitos entre vosotros? ¿No es de vuestras pasiones, las cuales combaten en vuestros miembros? Codiciáis, y no tenéis; matáis y ardéis de envidia, y no podéis alcanzar; combatís y lucháis, pero no tenéis lo que deseáis, porque no pedís”. (Santiago 4:1,2).
El apóstol señaló con gran certeza que el problema de la guerra y los pleitos en las relaciones humanas radica en el corazón del ser humano. Es allí, en los pasillos secretos del alma, donde se abreva la vida misma; es en los sentimientos en discordia con la voluntad de Dios que anidan en el corazón de cada mortal; es en el egoísmo y en el narcisismo, la concupiscencia, la codicia perversa, la ambición siniestra, la envidia, donde hemos de hallar la raíz por el cual el gran ideal de paz no pasa de ser una hermosa utopía, una paloma siempre fugaz que no hace nido en ninguna parte de la faz de la tierra. Así, pues, ¿hay alguna solución viable para erradicar los males que anidan en el corazón del hombre? La solución es la regla de oro. La regla de oro, que ordena que debemos tratar a nuestros semejantes de la misma manera que nosotros quisiéramos ser tratados; un solo mandamiento de Dios que ordena amar al prójimo y al creador por sobre todas las cosas, practicado por todos los habitantes del planeta, terminaría radicalmente con las guerras, porque eliminaría en modo absoluto el pecado del corazón del hombre y la mujer. Esto es posible. Sin embargo; sabemos desafortunadamente que no todos los seres humanos aceptan la propuesta del evangelio, y por tanto, el engaño, la malicia, la codicia, la envidia y la maldad permanecerán en este mundo, para seguir gestionando guerras, asesinatos, muerte de inocentes, hambre, conflictos raciales y un sin número de estragos negativos. Las guerras y la maldad, en todas sus formas, son gestionadas por corazones totalmente narcisistas, a los cuales lo único que les interesa son sus caminos egoístas.
Ahora, pues, sabiendo que no es posible eliminar las guerras del escenario internacional, ya que algunos individuos no aceptan la regla de oro como una verdad absoluta, ¿Hay alguna esperanza para el ser humano en el orden individual? No cabe duda que sí. En el orden individual, cualquier persona, puede aferrarse a las promesas de Jesús, aceptar su ofrecimiento de salvación y recibirlo en su corazón como a su salvador personal. Esto gestionará, en la persona que acepta las propuestas de Dios a través de su Hijo Jesucristo, paz profunda, infalible, perdurable, y hará que la vida se desenvuelva en una atmósfera de felicidad y satisfacciones, pese a las tormentas que castiguen al mundo externo. La paz del alma es el regalo de Jesús para todo cristiano. Esta paz que Jesús ofrece no puede ser arrancada por ningún político, ni por ninguna situación de intranquilidad social. Cristo es la fuente soberana de la paz. Recibirlo y permitir que él gobierne y oriente nuestra vida, proporciona paz y felicidad, y nos ayuda a gestionar una vida inteligente, en concordancia con la voluntad de Dios.
Mientras el ser humano excluya a Dios en su vida, las guerras seguirán existiendo. Las guerras y los males del planeta existen por la voluntaria y errática decisión del hombre. El se encuentra en el corazón. He aquí la raíz del caos, la confusión, el dolor y la beligerancia entre los hombres. Jesús dijo: “La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo”. (Juan 14:27).


Julio C. Cháves escritor78@yahoo.com.ar

1 comentario:

Anónimo dijo...

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