
A veces cuando me siento solo salgo a caminar por las calles de la ciudad. Pienso en muchas cosas. Cuando paso por la plaza San Martín la escena que veo es profunda y enigmática, veo a seres solitarios y pensativos que bajo la luz crepuscular están sentados en los bancos y que gorjean como pájaros que no pueden acomodarse en sus nidos. Al anochecer, mientras San Martín cabalga melancólicamente entre las copas de los árboles de mi ciudad natal, oigo como los grandes ruidos se van alejando y como la soledad se hace más notable. Mientras sigo caminando veo rostros vacíos, ojos vacíos, cuerpos carentes de almas; y me digo a mí mismo: ‘Estos son días de catástrofes espirituales y de absoluta soledad; días que se acortan y se deforman como secas hojas de otoño, días que se deforman sobre los tapialitos amarillos que describió Aroldo Conti en sus cuentos’.
Vivo en una ciudad de muertos vivientes. Las personas son animales descontentos. Todos se sienten como un frustrado y enojado sabio que fue interrumpido justo en el momento que estaba por encontrar la fórmula salvadora. El individualismo está creciendo. Esta característica de la sociedad contemporánea, me hace pensar en el paralítico que estaba junto al estanque de Betesda en Jerusalén 2.000 años atrás. En derredor de este estanque, yacían enfermos, ciegos, cojos y paralíticos. Todos esperaban unánimes a un ángel que descendiera de tiempo en tiempo y que agitara el agua; y que debido a esto, él, primero que entraba al agua del estanque después del movimiento de agua, quedaba sano de cualquier enfermedad. Allí junto al estanque había un hombre que hacía 38 años que estaba enfermo. Jesús andaba caminando por allí y lo vio. Se acercó a este moribundo y le preguntó: ‘¿Quieres ser sano?’ El melancólico paralítico miró a Jesús y le dijo: ‘Señor, respondió el paralítico, no tengo quien me meta en el estanque cuando se agita el agua…”. Posteriormente Jesús sanó a este hombre y su vida cambió radicalmente.
La vida de este paralítico me hace pensar en muchas personas que se encuentran en la misma condición: ‘NO TIENEN A NADIE’. Hay personas que viven en las calles, duermen en casas precarias y no tienen a personas que les ayuden cerca. A estas personas les digo: Jesús está con ustedes. El jamás deja a una persona desamparada. Hay muchas personas solitarias en la ciudad y en el campo. Todas necesitan ayuda. Jesús es fiel. Por tanto, antes de ascender al cielo, nos prometió: “Si me amáis, guardad mis mandamientos. Y yo rogaré al Padre, y os dará a otro consolador, para que esté con vosotros para siempre…” (Juan 14:16). Y Mateo 28:20 agrega “…yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”. ¡El Espíritu Santo estará con vosotros hasta el fin del mundo!
Julio C. Cháves www.juliochaves.blogspot.com
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