
El siglo XXI ha cautivado la atención de todos virtualmente. El mundo de nuestros días yace convulsionado ya que los problemas socio-políticos y socio-económicos abruman a los estadistas y a los gobernados. Además, otro de los síntomas de esta época de suma gravedad, lo constituye la decadencia moral de todo el género humano. Los individuos alienados viven al día, despreocupados de todo, incluso de las cosas espirituales. El lema de las multitudes parece ser:”COMAMOS Y BEBAMOS, QUE MAÑANA MORIREMOS Y TODO HABRA TERMINADO...
Este es un siglo de ansiedad, terrorismo, totalitarismo, anarquía, velocidad, divorcios masivos, armas sofisticadas, y compensaciones absurdas. El alma humana no tiene paz. Los hombres buscan la paz pero no la pueden encontrar pues la buscan lejos de su Creador. De ahí la falta de sentido. De ahí las guerras en nombre de la democracia y la justicia social. De ahí la discriminación y la exclusión en nombre de la tolerancia y los derechos humanos. Es notable que la naturaleza humana esta desquiciada. La pasiones humanas extienden su furia, fomentando el engaño, la violencia, la muerte y la maldad en su estado más puro. Es arto evidente que la maldad existe y está destruyendo al mundo, pese al plan original de Dios de que la raza humana fuera feliz. Y existe por la deliberada y errática decisión de los hombres. G.K. Chesterton dijo:”En todas partes hay velocidad, ruido y confusión. En ninguna parte hay felicidad profunda y corazones tranquilos”.
¿Por qué no hay paz en el corazón del ser humano? No hay paz porque los hombres no dejan que Cristo reine en sus corazones y no permiten que él influencie sus vidas con sus palabras. Cristo es la soberana fuente de la paz. Recibirle en el corazón y permitirle que él oriente y gobierne nuestra vida, nos proporciona paz, felicidad y satisfacción. Cristo nos dejó esta promesa que constituye su sublime legado:”LA PAZ OS DEJO, MI PAZ OS DOY; YO NO OS LA DOY COMO EL MUNDO LA DA. NO SE TURBE VUESTRO CORAZÓN, NI TENGA MIEDO”.Juan 14:27. Aunque las circunstancias del mundo son más que sombrías, el mensaje del Cristo resucitado es de luminoso optimismo. Sus palabras alimentan nuestras almas hambrientas y su presencia influencia nuestro comportamiento, fortaleciendo nuestros espíritus de modo que podamos vencer al mal mediante la práctica consciente del bien. El historiador kenneth Scott Latourette dijo:”Con el paso de los siglos se acumula la evidencia de que, según el efecto que sigue produciendo en la historia, la vida de Jesús es la más revolucionaria en este planeta, y esa influencia parece ser cada vez mayor”.
Cristo ansía compartir con nosotros sus palabras y ansía infundir salvación y paz a nuestras almas. Porque de hecho no podrá haber paz social y una funcional democracia si ésta no halla cabida primeramente en el corazón de cada persona en particular. La luz salvadora de Cristo es una lámpara encendida a nuestros pies en este mundo sumido en las tinieblas. La felicidad y la paz son consecuencia de conocerlo. Si el corazón del hombre esta sintonizado con Dios por fe en Cristo, su alma puede rebosar de verdadera alegría y satisfacción. Ningún sabio o político, ningún falso profeta o filósofo, ninguna ley de origen humano, puede proporcionarnos verdadera paz y felicidad. Cristo, si se lo permitimos, es el único que puede darnos verdadera felicidad. El , si dejamos que nos oriente e influencie, puede ser nuestra ancla firme en medio de la gran tormenta de maldad que azota a este tercer-milenio, donde soplan vientos de toda suerte de teorías, erróneas doctrinas y concepciones filosóficas y religiosas que nada pueden aportar a nuestras almas sedientas de salvación y paz. JULIO.C.CHÁVES. juliogenial@hotmail.com
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