“El que muere no puede llevarse nada de lo que consiguió pero se lleva, con seguridad, todo lo que dio”. Mamerto Menapace.
Es domingo. El día está totalmente despejado. Y yo estoy parado afuera del club Huracán en la avenida Alsina de cemento liso embanderada de letreros a los costados. Mucha gente ha concurrió al centro. Una larga caravana de autos se detiene en el semáforo de la esquina del banco Provincia. La calle yace salpicada por seres de todo tipo, genero, sexo, profesión, sueños. Todos compartimos una misma realidad: La Humana. Y la realidad, chabacana y burlona, se nos muestra apática como un duende sin sentimientos. Aquí estamos, atrapados los unos con los otros. En cierto sentido somos como mariposas que no pueden huir de la luz, y están ahí, fascinadas, aleteando en el rayo de la luminosidad enceguece dora.
Muchas personas me saludan al pasar. Yo les comparto una sonrisa altruista y les devuelvo el saludo. Mis sentidos me informan cosas. Veo la gente, siento los ruidos, ojos me observan. Tengo sensaciones olfativas, auditivas, visuales, corporales. Tomo conciencia del paisaje urbano. Siento un montón de cosas. Siento placer, inquietud, excitación. Mis emociones bullen dentro de mí. Emociones que seguramente se transformarán en acción. No solo tengo sensaciones sino que además vivo, me comprometo con la realidad en la cual estoy inmerso, establezco contacto con los otros.
Ahora me he sentado en derredor de una mesa con Eva, Ana Luz e Irene, unas amigas. Charlamos. Nos reímos. Mis emociones propenden a las acciones altruistas. Entonces surge el experimento. He decidido regalarle golosinas a la gente. Voy al Kiosco, compro unos caramelos y se los regalo a Eva. Al fin y al cabo, los acepta. Eso me emociona y estimula mi espíritu para más acción. Luego le doy plata a Eva para que le vaya a comprar un chocolate a Ana Luz. Todos saboreamos un trozo de chocolate y nos ponemos contentos. Posteriormente compro chocolates para otras personas. Lo aceptan y el experimento sigue dando buenos resultados. Me siento bien. Dar constituye mi alegría. El amor es lo que me impulsa a hacer tales acciones, brindar tal servicio, levantarse de tal manera y sentarse de otra, y así sucesivamente. Dar hace que la dulzura de la felicidad zumba en el aire sembrado alegría. El amor torna a la mente flexible, fuerte y enérgica, de modo que pueda mantenerse en un estado de equilibrio aun en condiciones de dolor, aquello que perpetuamente crea un sentimiento placentero en el interior. La alegría de dar no puede ser alcanzada a través de ninguna acción exhibicionista, puesto que en el afecto fingido únicamente predomina el autoengaño. En la ausencia de amor, el servicio rendido sólo para exhibirse es infructuoso. La felicidad es fácilmente alcanzable solamente para quienes basan sus acciones en el amor altruista. Los que aman han saboreado el néctar de la inmortalidad. El que ama puede morir con alegría.
Alguien dijo que sin amor la vida es árida, como un desierto. Sin amor la vida es seca, sin jugos. No hay florecimiento, nada verde. Todo es simplemente seco, duro. Es inevitable que la vida sea árida, desértica, si no tienes amor en ti. Va a ser una desilusión constante, todo va de una desilusión a otra. En el momento en que llegas al final no eres mas que una triste historia”…una triste historia contada por un idiota, llena de ruido y de furia que no significa nada”. Sólo el amor se fija en el otro. Porque el bien ajeno también configura el bien propio. Dar y recibir son dos caras de la misma moneda. Por eso mi experimento ha dado buenos resultados. Dar es prosa, proceso, trabajo y milagro. Gracias a que el otro existe, yo también existo. En “El Profeta”, Khalil Gibran, a través de su personaje Almustafa, dice: “Cuando dan algo de ustedes mismo es cuando realmente dan”.
Julio C. Cháves.
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