martes, 1 de marzo de 2011

Tiene menos de 40 y ya se casaron dos veces

El año pasado, en Capital hubo 3.400 matrimonios con al menos un reincidente joven. Afirman que el casamiento legitima la relación. Y que aprendieron de la primera experiencia para no repetir errores. Segunda vuelta matrimonial

PorGonzalo Sánchez

TIENEN MENOS DE 40 AÑOS Y YA SE CASARON DOS VECES
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Hace cinco horas que están sentados alrededor de la mesa de un bar y no se cansan de cargar a ese que está confesando lo que piensa hacer. Tiene 35 años, parece menos, se llama Hernán y los cuatro amigos lo miran con pena, como diciendo “no, estás loco, no podés, ya lo hiciste una vez y no funcionó, para qué los vas a hacer de nuevo”. Y sin embargo, el tipo está convencido y nada lo mueve: “Ustedes piensan que soy un boludo –dice–, pero yo creo que me tengo que volver a casar”.

Hernán, como los otros protagonistas de esta nota, no le teme ni a la libreta ni a la opinión de los amigos, esos tipos escandalizados ante la decisión del hombre que se lanza sin paracaídas –¿o sí?– a la segunda vuelta matrimonial. En la ciudad de Buenos Aires, el año pasado se casaron 3.400 parejas cuyos integrantes, además de ser menores de 40 años, lo hacían por segunda vez. En 2.100 casos, el que contrajo enlace nuevamente fue el varón, en 870 la mujer y en los 430 restantes los dos.

Jóvenes y reincidentes. A los teóricos de los vínculos, seguramente, esta categoría se les escapó, pero existe y dispara reflexiones sobre las formas de vida actual. Describe, en principio, que no es que exista miedo al compromiso, como se supone, sino que las relaciones modernas pueden ser más breves y deshacerse para dar lugar a otras igual de formales e intensas, incluso con hijos. Por lo tanto, el éxito o el fracaso de una pareja siempre es relativo y no puede medirse solamente en función de la cantidad de tiempo que pasaron juntos.

Pero, ¿cuáles son los motivos que se imponen como vehículo para lanzarse a la segunda boda, a pesar del primer fracaso, en una edad todavía temprana de la vida? Ya divorciado, a los 38, Leo W. se encontró cierto día en una plaza proponiendo casamiento a su nueva pareja. “Soy pro matrimonio”, afirma Leo. Su primera esposa se había ido a vivir a los Estados Unidos con los dos hijos que habían tenido juntos. Leo no perdió contacto con ellos, pero sintió un vacío afectivo. “Por eso –reflexiona– el segundo matrimonio fue la posibilidad de formar una nueva familia”. Otro motivo fue que Erika, su segunda mujer, era soltera y quería pasar por el altar. “Como muchas otras, ella quería cumplir con el sueño del casamiento y para mí era un acto de amor permitirle que lo viviera”, explica.

“Uno se casa con un conocido y se separa de un desconocido –dice el psicólogo Bernardo Stamateas–. La separación implica el duelo por la pérdida del ideal. Saber hacer ese duelo es clave para que la próxima pareja tenga más éxito. No se puede construir sobre ruinas. Pero al ser gente joven la capacidad de cambio es mucho más amplia que la de un adulto. Cuando uno es más grande también es más rígido y en la medida que el tiempo pasa se vuelve más difícil encarar un proyecto en común”.

Stamateas sigue: “Los que reinciden sabiamente elaboran la diferencia entre enamoramiento y amor.

El enamoramiento es ciego, no el amor. Lacan decía: ‘no eres tú, eres lo que en ti inventa mi deseo’. Muchas parejas se casan bajo el puro enamoramiento. Pero luego el amor ve los defectos. Si se logra construir sobre el amor, entonces aparece el proyecto”. La nueva pareja, concluye, incorpora elementos que la primera no: humor, cuidado de las atmósferas personales y autocrítica.

Guido dice que se casó dos veces “porque cree en el matrimonio” y cuando su pareja le dijo que estaba embarazada fue y firmó. Pero la segunda, tenía 35 años y más experiencia que a los 27 de su primera boda. “Uno aprende y esta vez busqué una mina mejor”, asegura.

Dice, Guido, que a la hora de tener un hijo el casamiento legal le da un marco y que quizás sea otra de las razones por las que decidió reincidir. “Sin los papeles una discusión fuerte puede llevarte a tirar todo; los papeles ayudan a buscarle una vuelta al conflicto ”, explica.

“Me parece que cuando antes uno decía me caso para toda la vida, la expectativa de vida era más corta: a lo mejor eran 10 o 15 años. Pero el toda la vida de una persona que se casa a los veintipico puede ser 60 años, entonces la dimensión de esa formulación ha cambiado”, opina Esther Fledman, columnista del programa radial Basta de Todo , guionista de tiras como La Lola y Los Exitosos Pells y autora de libros sobre relaciones de pareja –el último se llama Ruptura –. “Además, el retraso de las parejas en tener hijos por diversas circunstancias se confunde con la gente que no se casa y no quiere compromiso, y no es así. Hay muchos factores, como la posibilidad de divorciarse sin ser mal mirados, que hacen que la decisión de casarse una o varias veces ya no se sienta como un salto al abismo. Todo eso favorece que la gente se case más”. Feldman concluye: “ La edad de casarse es la juventud y también la edad de equivocarse.

Por lo tanto es lógico en todo sentido que pase antes de los 40”.

Marcelo Orlando, 44 años, se casó a los 17 y después de tres años, chau. “Me fui de casa y no volví más. Ahora tenemos un gran relación y un hijo en común de 24 años”, dice. Marcelo se volvió a casar a los 32, pero ya conociendo qué era lo bueno y lo malo de aquello que se venía. “Yo sabía que valía la pena insistir”, asegura.

En El amor dura tres años , un gran libro, el escritor y publicista francés Frederic Beibederg asegura que nuestra generación es demasiado superficial para el matrimonio.

“Casarnos es como ir al McDonald’s. Luego, hacemos zapping”, sentencia.

Pero no busca ser pesimista, sino desgranar con ironía el sentido real de aquello que nos lleva a apostar por la formalidad en tiempos del fin del compromiso. Los lanzados a la segunda vuelta se cansaron de cambiar de canal, pero también aprendieron algo y ahora apuestan por una relación basada en la experiencia. Podría decirse que aún sin leerlo, estarían de acuerdo con aquello que también expresó el cínico de Beibederg: que después de todo, finalmente, la felicidad es un rostro.

Fuente:
http://www.clarin.com/sociedad/anos-casaron-veces_0_422357843.html
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