Hace lo que te gusta. Pasa tiempo con tus seres queridos. Incorpora hábitos que te hagan sentir bien. Felicidad no es un toque mágico de Dios, felicidad es lo que construimos. Dios quiere que disfrutemos de la vida. Somos nosotros quienes muchas veces complicamos las cosas. Seamos sencillos, inteligentes, pero sencillos. Seamos agradecidos, Dios es generoso. Veamos lo bueno en la gente. Seamos buenas personas. Tengamos fe. Sembremos amor. Aceptemos a los demás tal como son. No procuremos cambiar a nadie. Tampoco permitamos que nadie nos cambie. Demos gracias por las personas que nos bendicen y aceptan como somos. Hagamos todo lo que podamos según nuestras fuerzas. Soñemos. “El hombre es el único ser con vida en este planeta que puede crear el mundo a su alrededor”, dijo Richard McHugh, en su libro Soltar amarras. Si queremos desentonar con todo el mundo, seamos felices. Ser feliz es ir contra la corriente. No te juntes con gente que te lastima, que te subestima o critica. Busca amistades que te bendigan, te afirmen. No permitas que lastimen tu corazón, guárdalo de todo mal. Gocemos de la vida pues es don de Dios. Todo lo que hagamos nos saldrá bien. Dios nos creó con un propósito y nos capacito con dones y talentos. Es importante que entendamos que lejos de Dios no podemos ser felices. Entablar una íntima relación con Dios es lo único que nos hace felices. Si queremos ser felices conforme a los paradigmas de felicidad de este mundo siempre estaremos insatisfechos. Si conseguimos el éxito que tanto deseábamos, pero no tenemos a Dios en el corazón, no disfrutaremos de nada. La única forma de disfrutar de la vida es caminando con Dios, relacionándonos con él a través de la oración. Max Lucado en su inspirador libro Como Jesús, escribió: “A Dios le encanta decorar. Dios tiene que decorar. Déjelo vivir por suficiente tiempo en un corazón, y ese corazón empezará a cambiar. Los retratos de heridas serán reemplazados con paisajes de gracia. La paredes de ira serán demolidas y los cimientos endebles restaurados. Dios no puede dejar una vida sin cambiar así como una madre no puede dejar sin tocar la lágrima de su hijo. No es suficiente para Dios ser su dueño; Él quiere cambiarlo. En donde usted y yo nos daríamos por satisfechos con una reclinadora y un refrigerador, Él rehúsa conformarse con cualquier vivienda que no sea un palacio. Después de todo, es su casa. No hay gasto que escatimar. No hay atajos que tomar. «Para que vayan comprendiendo lo increíblemente inmenso que es el poder con que Dios ayuda a los que creen en Él» (Efesios 1.19, LBD)”.
Julio césar cháves
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