
Debido al pecado el sufrimiento ingreso en la vida de todos los hombres. La soberbia, el egoísmo, y el querer vivir sin Dios, han privado a las personas de la bendición del Creador. La falta de paz con Dios ha conducido a los hombres a las guerras, la búsqueda de poder, la falta de amor y la muerte, deshumanizando completamente la naturaleza humana. En este marco de global sufrimiento humano, cualquiera sea nuestra condición social, cultural y psicológica, no podemos desentendernos de la voluntad de Dios ni podemos sustraernos a la nefasta sujeción a las consecuencias de nuestros pecados. Fuimos creados para tener comunión con Dios, pero nuestra desobediencia nos ha apartado de su presencia. No cabe duda de que necesitamos reconciliarnos con él. Acercándonos a la cruz de Cristo hallamos salvación. El nos ama y desea lavarnos de nuestros pecados con su sangre. La paga del pecado es muerte, pero el regado de Dios es salvación y reconciliación por medio de Jesucristo. La sangre de Cristo, si nos arrepentimos de corazón, nos limpia de todo pecado y nos justifica delante de Dios. “Cuando decimos que los méritos de Cristo proveen la gracia para nosotros estamos diciendo que hemos sido purificados por su sangre, y que su muerte fue una expiación por nuestros pecados”, escribió Juan Calvino.
En efecto, el pecado es la causa de todos nuestros dolores y muerte, y el sufrimiento es la señal visible de que necesitamos del perdón de Dios. La cruz es la manifestación visible del amor del Creador hacia sus criaturas. Los efectos de nuestra trasgresión se hallan en todo el planeta tierra. Con nuestros pecados lo único que hemos logrado es desorden en la naturaleza, las relaciones y nuestra relación con Dios. A menudo las personas pretenden redimirse de sus pecados mediante las buenas obras, la caridad, pero no necesitamos ser perfectos ni podemos serlos, tampoco debemos retraernos en la negación del pecado original y las consecuencias del mismo. Debemos reconocer, en cambio, nuestra permanente necesidad de la sangre del Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. 1 de Juan 1:8, 9, 10 dice: “Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no esta en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad. Si decimos que no hemos pecado, le hacemos a él mentiroso…”.
La confesión es imprescindible si queremos hallar perdón divino. Zambullidos en tanto sufrimiento, nuestros espíritus desean mitigar las tristezas, penas y lágrimas; y Cristo en su misericordia y compasión, con su sangre desea darnos la justicia que necesitamos y que únicamente alcanzamos mediante la gracia de Dios. Ante el panorama de guerra, terrorismo, genocidios y despotismo de nuestro escalofriante mundo, necesitamos arrepentirnos de nuestros pecados para hallar gracia y salvación ante el soberano, sabio y único Dios, Jehová de los ejércitos, Creador de los cielos y la tierra. Max Lucado en su libro Seis oras de un viernes, cuenta: “Nosotros somos culpables y él es inocente. Nosotros estamos contaminados y el es puro. Nosotros estamos equivocados y él tiene razón. Él no está en la cruz por sus propios pecados. Esta ahí por los nuestros. Fue necesario que él mismo entrara en el río, que se sumergiera en el agua de la muerte, antes que la gente creyera que la muerte había sido vencida. Pero después que lo hizo, después que salió al otro lado del río de la muerte, era hora de cantar, era hora de celebrar”. (Pág. 90, 117). Cristo murió en la cruz para darnos vida. Vemos entonces claramente que la sangre de Cristo es lo único que nos limpia de nuestros pecados. Reconocer nuestra necesidad de salvación mediante el sacrifico salvífico de Cristo y aceptar la voluntad de Dios expresada en su palabra, es la fuente de felicidad que tan desesperadamente busca el ser humano. "Y, como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado; para que todo aquel que en Él creyere, no se pierda, sino que tenga vida eterna. Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en Él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna." (Juan 3: 14-16)
Julio César Cháves http://ar.f526.mail.yahoo.com/ym/Compose?To=escritor78@yahoo.com.ar
En efecto, el pecado es la causa de todos nuestros dolores y muerte, y el sufrimiento es la señal visible de que necesitamos del perdón de Dios. La cruz es la manifestación visible del amor del Creador hacia sus criaturas. Los efectos de nuestra trasgresión se hallan en todo el planeta tierra. Con nuestros pecados lo único que hemos logrado es desorden en la naturaleza, las relaciones y nuestra relación con Dios. A menudo las personas pretenden redimirse de sus pecados mediante las buenas obras, la caridad, pero no necesitamos ser perfectos ni podemos serlos, tampoco debemos retraernos en la negación del pecado original y las consecuencias del mismo. Debemos reconocer, en cambio, nuestra permanente necesidad de la sangre del Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. 1 de Juan 1:8, 9, 10 dice: “Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no esta en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad. Si decimos que no hemos pecado, le hacemos a él mentiroso…”.
La confesión es imprescindible si queremos hallar perdón divino. Zambullidos en tanto sufrimiento, nuestros espíritus desean mitigar las tristezas, penas y lágrimas; y Cristo en su misericordia y compasión, con su sangre desea darnos la justicia que necesitamos y que únicamente alcanzamos mediante la gracia de Dios. Ante el panorama de guerra, terrorismo, genocidios y despotismo de nuestro escalofriante mundo, necesitamos arrepentirnos de nuestros pecados para hallar gracia y salvación ante el soberano, sabio y único Dios, Jehová de los ejércitos, Creador de los cielos y la tierra. Max Lucado en su libro Seis oras de un viernes, cuenta: “Nosotros somos culpables y él es inocente. Nosotros estamos contaminados y el es puro. Nosotros estamos equivocados y él tiene razón. Él no está en la cruz por sus propios pecados. Esta ahí por los nuestros. Fue necesario que él mismo entrara en el río, que se sumergiera en el agua de la muerte, antes que la gente creyera que la muerte había sido vencida. Pero después que lo hizo, después que salió al otro lado del río de la muerte, era hora de cantar, era hora de celebrar”. (Pág. 90, 117). Cristo murió en la cruz para darnos vida. Vemos entonces claramente que la sangre de Cristo es lo único que nos limpia de nuestros pecados. Reconocer nuestra necesidad de salvación mediante el sacrifico salvífico de Cristo y aceptar la voluntad de Dios expresada en su palabra, es la fuente de felicidad que tan desesperadamente busca el ser humano. "Y, como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado; para que todo aquel que en Él creyere, no se pierda, sino que tenga vida eterna. Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en Él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna." (Juan 3: 14-16)
Julio César Cháves http://ar.f526.mail.yahoo.com/ym/Compose?To=escritor78@yahoo.com.ar
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