
Antes de ascender al cielo, Cristo prometió que enviaría al consolador para que ayudara a los cristianos a lidiar con los problemas, tentaciones y encrucijadas de la vida. Aún el observador más superficial de la condición humana, entiende que para vivir en acorde a la voluntad de Dios, es necesaria la intervención del Espíritu de Dios. El Espíritu Santo, la tercera persona de la trinidad, desde el mismo instante en que aceptamos a Cristo como salvador, entra a morar en nuestro espíritu, fijando su residencia permanente en él. Con la colaboración del Espíritu de Dios podemos hallar las respuestas a los grandes interrogantes humanos. Entonces, podemos afirmar que aunque el desconcierto, el tedio, el hastío, la angustia y la alienación, sean las características predominantes de este tercer milenio, los cristianos podemos tener paz pese a que la humanidad se sienta arrastrada a su completa destrucción moral, social y económica. Gálatas 5:16 dice: “Digo, pues: Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne”.
Andar en el Espíritu implica dedicación, oración, lectura de la palabra de Dios, consagración al Señor. Andar significa estar en movimiento. Por lo tanto, andar en el Espíritu implica estar en comunión con Dios en todo momento del día, dentro y fuera de la iglesia. Como dije líneas arriba, el Espíritu Santo mora en nosotros y camina con nosotros en todo lugar donde nos movemos y movamos. Para que el Espíritu Santo coordine nuestros pasos, debemos permitirle que tome el control de nuestra vida. Depender del Espíritu es fundamental si queremos transitar con serenidad el complicado y difícil panorama de nuestros días. Benny Hinn, en su libro Bienvenido, Espíritu Santo, dice: “Debemos dar la bienvenida al Espíritu Santo a cada una de las áreas de nuestras vidas, permitiéndole hacer su obra en nosotros, en el hogar, en el trabajo, en la escuela, en la iglesia, dondequiera que estemos diariamente. Su maravillosa presencia traerá gracia a nuestras reuniones de oración, a nuestros estudios bíblicos, a nuestra adoración y a nuestras relaciones con otras personas”. (pág. 23).
El Espíritu Santo es quien produce los frutos del Espíritu en nosotros. No podemos producir los frutos del Espíritu si no estamos en comunión con Dios. Mediante la oración y la lectura de las sagradas escrituras, permitimos que el Espíritu santo produzca los frutos: “Amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley”. (Gálatas 5:22,23). Cuando estamos en comunión con nuestro Señor producimos fruto Espiritual. Ante la compleja manera de vivir de esta época extraordinaria, resulta evidente que ni la suma de todo el conocimiento humano, ni las fantásticos progresos tecnológicos, técnicos y científicos pueden hacer que nuestra andar cristiano produzca fruto Espiritual, salvo la compañía y obra del Espíritu Santo en nuestras vidas. Si permitimos que el Espíritu Santo obre en nuestras vidas habrá paz, felicidad, satisfacciones verdaderas, habrá paz y alegría. Lucas 11:13 concluye: “…vuestro Padre Celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan…”.
Julio César Cháves. Escritor78@yahoo.com.ar
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