domingo, 13 de octubre de 2013

Martín Lutero, un hombre de fe


    Desde que Martín Lutero se declaró contra el papa, corrió diariamente el riesgo de perder su vida. Al comenzar a predicar la verdad, las probabilidades contra él eran enormes. Muchos se oponían a su mensaje. Citado por el emperador para presentarse en Worms, con el propósito de responder sobre la acusación de herejía lanzada contra él, Martín decidió contestar en persona. Quienes lo rodeaban le advirtieron que si iba perdería la vida, y le rogaron que huyese. “No”, dijo Lutero, “iré allá, aunque tuviera que encontrarme tres veces más diablos que tejas hay en los techos”. Nada detenía a Lutero porque había tenido un encuentro con el Señor, había conocido a Jesucristo. Advertido contra la enemista de Cierto Duque llamado George, dijo: “Iré allá, aunque lluevan Duques Georges durante nueve días seguidos”.


    Lutero cumplió su palabra y se puso en marcha para este peligroso viaje. Cuando estaba llegando a Worms y tenía los campanarios a la vista, se puso de pie en su carruaje y cantó, la Marsellesa de la Reforma, cuya letra y música, dicen los historiadores, había improvisado solo dos días antes. Poco antes de reunirse en la Dieta, un viejo soldado, George Freunderberg, puso su mano sobre el hombro de Lutero y le dijo: “Buen monje, ten cuidado con lo que haces; vas a entrar en un combate tan violento que todos los que hemos soportado nosotros”. La respuesta de Lutero a este soldado fue: “Estoy resuelto a ampararme en mi Biblia y en mi conciencia”.

   La valiente defensa de Martín Lutero ante la de Dieta Worms constituye una de las páginas más brillantes de la historia universal. Cuando al fin de su defensa, el emperador le exigió que se retractara, dijo con convicción: “Sire, si no me convenzo de mi error por el testimonio de las escrituras, o por una prueba evidente, no puedo retractarme y no lo haré, porque nunca debemos actuar contra nuestra conciencia. Tal es mi profesión de fe y no podéis esperar otra cosa de mí. “Aquí estoy, no puedo hacer otra cosa; ¡que Dios me ayude!”. Martín Lutero tenía que cumplir con su deber, obedecer las directivas del Señor, y lo hizo desafiando todos los riesgos.

   Posteriormente, fuertemente presionado por sus enemigos en Augsburgo, Lutero dijo que “si tuviera quinientas cabezas, las perdería todas antes de abjurar de mi fe”. A medida que iba propagando el mensaje que el Señor le había encomendado se hacía mucho más fuerte y su fuerza parecía acrecentarse en proporción con las dificultades que iba encontrando en el camino. “No hay en toda Alemania un hombre, dijo Hutten, que desprecie más la muerte que Lutero”. Gracias a la persistencia y el fervor de Lutero se expandió el evangelio y a él también la humanidad le debe la libertad del pensamiento moderno y la vindicación de los derechos de la inteligencia humana. Cuando murió Lutero, tal como decía en su testamento, no dejó nada de dinero ni ningún tesoro de valor. De hecho, fue tan pobre en cierta época de su vida que tuvo que ganarse la vida trabajando como tornero, relojero y jardinero. Sin embargo, tuvo un carácter noble que moldeó el carácter de su patria; y era moralmente más fuerte y mucho más honrado y escuchado que todos los príncipes de Alemania. Las palabras de Lutero resuenan, a través de la Alemania moderna, como el sonido de una gigante trompeta. Ya dijo de él Richter que “sus palabras equivalía la mitad del triunfo”. Martín Lutero fue un hombre de una fe extraordinaria.

 

Julio césar cháves
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