miércoles, 14 de marzo de 2007

Nuestros trapos de inmundicia.

Isaías 64:6-8 nos dice: “Si bien todos nosotros somos como suciedad, y todas nuestras justicias como trapo de inmundicia; y caímos todos nosotros como la hoja, nuestras maldades nos llevaron como viento. Nadie hay que invoque tu nombre, que se despierte para apoyarse en ti; por lo cual escondiste de nosotros tu rostro, y nos dejaste marchitar en poder de nuestras maldades. Ahora pues, Jehová, tú eres nuestro padre; nosotros barro, y tú el que nos formaste; así que obra de tus manos somos todos nosotros”.
Hay seres humanos que se creen importantes. Se creen importantes porque han construido catedrales en honor a Dios. Otros se creen importantes porque tocan un instrumento para alabar a Dios. Otros se creen importantes porque usan trajes o túnicas para pronunciar el nombre de Dios. Pero para Dios todas estas cosas son vanidad. Dios no necesita nada de los seres humanos. En el cielo Dios tiene en derredor millones de ángeles que le exaltan con cánticos sublimes. Dios no necesita el planeta tierra para vivir, pues la tierra es nada comparado con el cielo. Aquí hay calles de tierra, mientras que en el cielo hay calles de oro. Aquí hay agua, ríos, mares, lagos y océanos contaminados por el hombre y sus fábricas mortíferas, mientras que en el cielo hay agua como cristal, pura como las más pequeñas de las lágrimas de nuestro creador. Aquí hay enfermedades, muerte, mientras que en el cielo hay salud y vida eterna. La humanidad para Dios es suciedad. Los hombres se alimentan con maldad. La rebeldía es el pan sucio de todos los días. Maldad de maldades, todo es maldad. Los hombres cometen injusticias delante de los ojos de Dios y creen que van a quedar impunes. De este modo se engañan todos contra todos. Aquí vivimos, nosotros y nuestros trapos de inmundicia.
Hace poco leí una frase que penetró hasta las entrañas de mi vida. La frase dice esto: “Los corazones de los hombres se corrompen fácilmente”. Los hombres mienten, engañan, cosifican, descalifican, desacreditan, matan, abortan, no le dan de comer a los hambrientos, permiten que los niños se mueran de hambre; permiten que los ricos tengan cada vez más, mientras que los pobres son más que pobres. Dios dice que debemos amar al prójimo y nosotros los seres humanos miramos y calificamos a las personas por el color de su piel; por el nivel social, por la vestimenta, por la cara, por los dientes, por estupideces ,por vaniloquios. Dios dice que debemos hacer el bien y nosotros hacemos todo lo contrario. Dios dice que amemos y nosotros odiamos. Así somos, fabricas, instrumentos, de maldad. Y nos creemos auténticos, libres. Pero somos nada más ni nada menos que suciedad, moderna, tecnológica, cibernética saciedad. Nuestras justicias hacen que Dios se tape la nariz. Los hombres se crean importantes porque han construido ciudades, naves espaciales, satélites, autos, aviones, trenes y hombres postmodernamente cibernéticos. Trapos de inmundicia. Eso es lo que somos.
Ahora pues, pese a todo Dios nos ama. Sinceramente yo no entiendo cómo es posible que Dios ame a seres tan crueles y salvajes, rebeldes y asesinos, como nosotros. Dios no sana, ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Por qué? Únicamente él lo sabe. Yo lo único que puedo decir es esto junto al profeta Isaías: “No te enojes sobremanera, Jehová, no tengas perpetua memoria de la inequidad, he aquí, mira ahora, pueblo tuyo somos todos nosotros”. (Isaías 64:9).

Julio C. Cháves.
Publicar un comentario