miércoles, 14 de marzo de 2007

¿A palabras necias?

Hay palabras de aliento, de alegría, de felicidad. También hay palabras de envidia, de celos, de amargura, etc. Las palabras abundan. Las lenguas están inflamadas de letras. Las palabras provienen del corazón. Están empapadas de emocionalidad. Son vida y también muerte. Con palabras Dios creó el mundo. Con palabras el hombre destruyó la tierra. Con palabras un hombre conquista a una mujer y la convierte en su esposa. Con palabras los políticos persuaden al pueblo para obtener votos. Con palabras…bla…bla…bla… En fin, la lengua es el miembro más difícil de domar. Si la lengua de un hombre está descontrolada es porque ese hombre está descontrolado. Efesios 5:6 nos advierte: “Nadie nos engañe con palabras vanas, porque por estas cosas viene la ira de Dios sobre los hijos de desobediencia”. ¿A palabras necias? Obviamente, oídos sordos.
En génesis 11 se cuenta la historia de la torre de babel. Allí, Nimrod, cuyo nombre significa rebelde, hablo y los hombres empezaron a construir una torre para llegar a Dios a su modo. Y luego fueron confundidos completamente por Dios. Palabras necias. Hoy los hombres hablan sin pensar. Hablan del hambre de los niños, mientras piensan únicamente en ellos mismos. Los hombres hablan de temas que otros hombres ordenan. Eso es manipulación. Antaño, Oswal Spengler, cuando recién comenzó el siglo XX, señaló: “En otro tiempo uno no podía atreverse a pensar libremente; hoy puede hacerlo; pero resulta imposible. Cada cual pensará lo que le hagan pensar, y lo sentirá como su libertad”.
Hoy, algunos que se auto titulan como humoristas, hablan mal de todos y los necios se ríen. Los políticos critican a otros políticos y el pueblo observa. Lenguas de víboras. Palabras engañosas. Frases dichas con intenciones oscuras. El mundo se hunde y los hombres siguen hablando pavadas. El hombre cree que puede ser como Dios. Dios habló y las cosas fueron creadas. El hombre quiere hacer lo mismo… Amor de palabras, pero no de hechos. Solidaridad teórica, pero no practicable. Repetir palabras no ayuda a nadie. Ni al que las pronuncia. Ni al que las escucha. La lengua es necesaria pues nos ayuda a comunicarnos. Nos presta un gran servicio. Pero ahora vayamos a la realidad. Hoy se habla mucho. Cristo dijo: “¡Generación de víboras! ¿Cómo podéis hablar lo bueno, siendo malos?”. (Mateo 12:31).
La ley de los tiempos corrientes es mentir, engañar, malversar palabras. Y los hombres han dejado de lado el peligro del lenguaje mal utilizado. Y con decir una cosa u otra no se repara el mundo. Si le digo a alguien: te amo… y luego con mi conducta escupo ese amor, estoy mintiendo. Con decir sin hacer soy un infeliz. Cuando digo y efectuó lo que digo soy feliz. Así es la vida, teórica y al mismo tiempo, práctica.
Jaime Barylko en su libro “En busca de uno mismo”, escribió: “Falta intentar una revolución que no requiere de armas, ni gritos, ni banderas.”
Nada se modificará mientras se sigan usando las mismas palabras. Hay un solo modo de combatir los sistemas cerrados a los ídolos padres hermanos amorosos que en todo momento apuntan desde diversos ángulos sobre tu cabeza: rechazar su lenguaje. Borrar del diccionario vital los vocablos que aluden a la radiografía, al mundo interior, al sueño utópico, al gran anhelo y final redención. Si te dicen hombre, pregunta cuál. Si te dicen el alma, pregunta dónde. Si te dicen libertad, reclama un ejemplo concreto. Si te dicen amor, pide un modelo de vida que lo concretice. Las palabras que otros expresaban altas ideas hoy están vacías. Hay que rellenarlas de significado, y publicitar ese relleno. O simplemente abandonarlas”.

Julio C. Cháves.
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