viernes, 16 de marzo de 2007

Naturalmente la amamos.


La vida es mágica. Todos la amamos. A veces lloramos. Otras veces reímos. En la vida pasamos por un sinfín de situaciones, momentos, circunstancias. Pero en fin: la amamos conscientemente. Hay dentro de nosotros un impulso que nos orienta justamente hacia las ganas de vivir. Lo que somos nos agrada. El único anhelo válido es vivir y dejar vivir. Soñamos. Sentimos. Amamos. Respiramos. Cada uno de nosotros vinimos a la vida sin elegirlo. A nuestros padres no los elegimos, ni elegimos nuestra posición socio-económica. Simplemente nacimos y acá estamos. La vida es un compromiso inevitable, inexorable. El sabor de lo que somos.
El compromiso con la vida es inevitable. Dado este compromiso, vale que nos preguntemos: ¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿Y hacía dónde vamos? Aquí estamos, en esta nave llamada tierra. La tierra gira sobre su eje y al mismo tiempo, gira en derredor del sol. Mientras tanto, el tiempo pasa y surte su afecto sobre las cosas y las personas. Dios nos creó. De ahí venimos. Estamos en la tierra para elegir hacer el bien o el mal. Nosotros decidimos, elegimos. Lo uno o lo otro. Alternativas hay dos. Un lado o el otro lado. Esto es la vida. Vamos hacia el destino que queremos. No hay nada determinado. Nosotros determinamos lo que somos, lo que hacemos, lo que pensamos. Pero lo mejor que podemos es hacer es buscar a Dios. Leer la Biblia. Creer en un salvador, en Cristo. Jesús en cierta ocasión dijo: “El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón, a pregonar libertad a los cautivos y vista a los ciegos, a poner en libertad a los cautivos, a los oprimidos y a predicar el año agradable del Señor” (Lucas 4:18-19). Es natural que amemos la vida, pues fuimos creados para vivir eternamente con Dios. La lluvia es hermosa. Las flores. La gente. También los animales. También la naturaleza. Dios nos creó para que amemos lo que somos. Digo lo que somos esencialmente como seres humanos. Somos valiosos seamos estudiantes, obreros, albañiles, pintores, abogados, médicos, empleados, actores de cine o lo que sea. Lo extraordinario nos rodea. Sin embargo, de cuando en cuando, dejamos de saborear la existencia. ¿Por qué? Porque simplemente nuestros pecados nos desfiguran y nos separan de la verdadera vida que se llama Dios. En Dios vivimos en todo sentido. Nuestro espíritu, nuestra alma y nuestro cuerpo, hallan vida únicamente en nuestro creador.
Gracias a Dios, sabemos para qué y porque estamos en la vida. La vida tiene sentido. Nos desenvolvemos porque Dios nos permite respirar. Estamos activos, poseemos un horizonte hacia el cual dirigirnos. Tenemos principio y fin. Mientras busco bienestar interior me doy cuenta de que sólo en Dios puedo hallarlo. Sin Dios nada es lo mismo. Sin Dios sabemos de amor, pero de amor efímero. Estamos tan llenos de saber, de exterioridad, que nos olvidamos que nuestro corazón alberga un vacío que tiene forma de Dios y que sólo Dios puede llenarlo. Así es la realidad. En todo momento debemos recordar lo que dijo Jesús: “No temas; yo soy el primero y el último; y el que vivo, y estuve muerto; más he aquí que vivo por los siglos de los siglos, amén. Y tengo las llaves de la muerte y del Hades”. (Apocalipsis 1:17-18).

Julio C. Cháves.
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