miércoles, 3 de agosto de 2011

Parejas que viven con los suegros

Muchos jóvenes ansiosos de querer casarse y sin tener una casa donde vivir, se casan y deciden vivir con sus suegros, lo cual a la larga trae muchos problemas a la pareja. En algunos casos este tipo de unión familiar “funciona” perfectamente, pero otras veces genera fricción entre los familiares. Indudablemente, las parejas que viven en una casa aparte de la de sus suegros están más contentas y tienen menos tensiones.

Manuel Acuña, un poeta mexicano, escribió casi al final de su famoso Nocturno dedicado a Rosario de la Peña , la mujer que no correspondió a su amor orillándolo al suicidio: "Y en medio de nosotros mi madre como un Dios". En versos atrás había escrito: "Camino mucho, mucho, y al fin de la jornada, las formas de mi madre se pierden en la nada y tú de nuevo vuelves en mi alma a aparecer". Estas frases nos hablan de los dos extremos en que pueden incurrir las parejas al relacionarse con sus padres. Por un lado, están las parejas que viven apegados a sus padres y no quieren despegarse de ellos. Y por otro lado, están aquellos conyugues que viven indiferentes a sus progenitores. Lo ideal es que haya equilibrio y que las parejas se lleven bien con sus suegros manteniendo su autonomía, y al mismo tiempo, manteniendo un coherente contacto con sus respectivos suegros.

Reconocidos psicólogos afirman que muchos “jóvenes rompen sus matrimonios en los primeros años de casados porque se niegan a separarse de sus padres; siguen tan ligados a ellos que podría decirse que, psíquicamente, ni siquiera se han casado. Cuando en un matrimonio se presenta alguna crisis y el hijo o la hija corre a la casa de sus padres y encuentra que allí el lecho es más cómodo y la comida más sabrosa, está acercándose al divorcio. Las madres o padres que reciben al hijo consentido piensan en lo que sufre al lado de su cónyuge, con quien es maltratado o quien desconoce sus gustos, y procuran aliviar su situación dándole aquello a lo que "está acostumbrado"; están fomentando también la separación de esa pareja. La presencia física constante de los padres con una pareja que no ha tenido la experiencia de ser responsable y libre para tomar sus propias decisiones es un peso muy grande para ser manejado por esa pareja, a menos que los padres hallen mecanismos de separación”.
Para que un matrimonio pueda prospere y madure afectivamente debe tener su propio espacio geográfico. No es en vano que el dicho popular reza: El casado casa quiere. No digo que los suegros sean malos. Al referirme a los problemas que implica el hecho de vivir con los suegros no estoy diciendo que los esposos deban asumir una actitud de indiferencia hacia sus padres sino que a través del diálogo deben llegar a un acuerdo para que la intromisión de los mismos en la pareja no dañe el amor y el compañerismo de los cónyuges. La Biblia dice: “Por eso el hombre dejará a su padre y a su madre para unirse a su esposa, y los dos no formarán sino un solo ser”.
Los padres son necesarios e importantes, no se puede ni se debe dejarlos de lado; sin embargo, en el proceso de crecimiento de la pareja hay que aprender a dejarlos. Dejarlos geográficamente no significa pelearse con ellos ni abandonarlos sino asumir la responsabilidad de la propia pareja. Se debe reconocer su herencia cultural, y la forma de ver la vida; asumiendo lo que consideramos adecuado en nuestro crecimiento personal y en la construcción de nuestra nueva familia e intentando cambiar aquello de su herencia que no consideramos adecuado. Todo esto es asumir una actitud inteligente y beneficiosa para la pareja.
Tanto los suegros de ambas partes como los cónyuges deben razonar y asumir sus pertinentes funciones. La pareja puede recibir consejos, recomendaciones y sugerencias sobre como hacer determinada cosa, pero las decisiones deben ser propiamente de la pareja ya que esto fortalece la complentariedad y compañerismo de los esposos. Los suegros no son malos, pero deben aprender a ver a sus hijos no ya como los niños de siempre sino como adultos. Al respetar la vida de sus hijos contribuyen a la felicidad de ellos. Al no cambiar su modo de ver a los hijos los padres hacen acto de intromisión e interfieren en los problemas de la pareja. En tanto los padres vean que los hijos toman las riendas de sus vidas, aprenderán a respetar la independencia del nuevo matrimonio y no les importará que ellos no estén de acuerdo con sus decisiones o su manera de conducir la nueva familia. Se sentirán también con mayor libertad de dar o negar consejo, orientación o ayuda cuando la pareja se lo pida pero siempre respetando el distanciamiento necesario para que todos cumplan su función correctamente. Debemos recordar que los matrimonios son la base de la sociedad y de algún modo son el reconocimiento oficial del estatus social: de hijo de familia una persona pasa a ser cabeza de una célula social y adulto autosuficiente. Por otro lado, el matrimonio establece las condiciones contractuales de una unión en la que cada uno de los contrayentes adquiere legalmente derechos y obligaciones. Es por esto que el dicho popular reza: El casado casa quiere.


Julio César Cháves. Escritor78@yahoo.com.ar

www.juliochaves.blogspot.com

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