sábado, 11 de diciembre de 2010

Los pies en la tierra, el corazón en el cielo

Alguien dijo que no somos seres humanos que tenemos una experiencia espiritual, sino que somos seres espirituales que tenemos una experiencia humana. Muchos cristianos confunden las cosas y piensan que todo es espiritual, que lo humano no importa, que experimentar emociones pertenece a la carne y que el “verdadero” cristiano que tiene un encuentro con Dios jamás se emociona.

Esta afirmación es errática porque si Dios nos dotó de emociones es porque entiende que necesitamos sentir. El aspecto humano es importante. Claro que debemos andar en el espíritu, escuchar la voz del Espíritu Santo y hacer la voluntad de Dios, pero también debemos entender que hay otras áreas, como el trabajo, el amor y la cultura, que también merecen nuestra atención y no tienen porque ser cuestiones relegadas a un tercer o cuarto plano.
A veces escucho a cristianos que están en el cielo antes de tiempo. Están vivos físicamente, tienen familia, pero tanto su cuidado personal como el cuidado de su familia no les interesa porque ellos quieren tener tesoros en el cielo, son espirituales y elaborar un proyecto de vida que gire en torno al trabajo, el ahorro y una buena posición económica, en fin, un retiro o jubilación, es algo en lo que solamente piensan los mundanos. Estos son cristianos que tienen los pies en el cielo, cuando en realidad tendrían que pisar tierra firme.
Por supuesto que somos cristianos y Cristo fue a preparar morada para nosotros los que creemos en él, pero esto no significa que debamos descuidar nuestro proyecto de vida. El libro de Apocalipsis dice que sobre la tierra vendrá el juicio de Dios. Yo creo en eso, pero esto no quiere decir que debamos hacer que nuestros pensamientos vivan abrumados por cuestiones escatológicas.
Nuestro corazón debe estar en el cielo, hay que amar a Dios con todas nuestras fuerzas, con nuestra mente. Al mismo tiempo, debemos trabajar, organizar nuestras vidas. Porque somos cristianos dentro y fuera de la iglesia. Martín Lutero, el gran reformador, dijo que el trabajo de las amas de casa es tan importante como el trabajo de los clérigos.
Es decir, a Dios lo servimos predicando, congregándonos, trabajando en la iglesia y también le servimos cuidando nuestra familia, estudiando, ahorrando, teniendo novia, casándonos, leyendo libros, trabajando cotidianamente por mejorar nuestras vidas. Para el cristiano todo debe ser importante. Claro que hay que ser equilibrado, establecer prioridades, separar lo accesorio de lo importante. De eso no hay duda. Yo simplemente digo que es bueno ser coherente con nuestro comportamiento. En fin, hay que tener el corazón en el cielo, pero los pies sobre la tierra.


Julio césar cháves escritor78@yahoo.com.ar

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