viernes, 19 de marzo de 2010

La agresiva función de las malas palabras

Es cierto. Maldecir, putear, decir malas palabras esta de moda. Muchos psicólogos afirman que decir malas palabras está dentro de la esencia humana y que emitir malas palabras y obscenidades libera de la tensión nerviosa y la ira. Y hasta sirve, argumentan algunos especialistas en lingüística, para reemplazar a la violencia física.

En viejas épocas tanto en los medios como en la vida cotidiana estaba instalado un clima de respeto y era raro escuchar alguna mala palabra ya que predominaba u vocabulario exento de obscenidades y maldiciones. Pero hoy por doquier abundan las puteadas y las maldiciones. Diariamente las malas palabras tejen las relaciones interpersonales de agresividad lingüística. Uno habla con alguien y en seguida hacen acto de presencia frases y comentarios condimentados de groserías y hostilidad verbal.
A este respecto, la escritora Sylvia Iparraguirre, especialista en sociolingüística, explica que “las malas palabras se cargan y descargan de sentido, según el tipo de utilización que se haga. El sentido se gasta”. Iparraguirre señala que las palabras pelotudo, boludo, huevón, forro, “se han convertido en una manera de apelar al otro”. Para Iparraguirre todas estas palabras son se uso “comodín, empleadas por chicos sin una escolaridad adecuada. Son los daños colaterales de la miseria, de una sociedad que en los últimos años se empobreció también en los niveles simbólicos”.
Por su parte, el psicoanalista Fernando Osorio, experto en violencia escolar, dice que “para los adolescentes, el insulto verbal ya no tiene la misma potencia de dominio sobre el otro y ha sido reemplazada por la agresión física. La palabras en general esta despreciada y los jóvenes pueden llegar a insultar a un adulto sin tener conciencia del pesos simbólico, pues para ellos ha perdido ese valor; lo que verdaderamente le pone límites y degrada al otro es la humillación física”.
Las palabras impregnadas de groserías y hostilidad conducen a la violencia física. El vocabulario de una persona es la señal de lo que hay dentro de la misma. La lengua es un arma. Podemos decir cosas agradables pero también podemos proferir maldiciones y tonterías. Quizás para ciertos especialistas las malas palabras nos liberan de las tensiones y el estrés pero siembran la discordia por doquier. Si prendemos la televisión advertimos como de diversas personalidades de la farándula salen palabrotas y cometarios procaces. Si se cobraran multas por putear y decir palabrotas estaríamos hundidos en la pobreza. Ciertamente las malas palabras son señal de mala educación y la degradación de las relaciones humanas.
Avaladas por el éxito del escepticismo y la sucia conducta de los vacíos individuos posmodernos, las malas palabras sacan a luz nuestra miseria humana, nuestra barbarie y falta de respeto por el lenguaje. Indignados por esta pandemia de palabrotas tendríamos que sentarnos a reflexionar respecto a donde deseamos llegar con nuestro modo de comunicarnos con el otro. Tendríamos que tener en cuenta que somos esclavos de lo que decimos de nosotros mismos y de los demás. Las palabras no vuelven vacías. Hacen eco en el mundo. Aunque los lingüistas señalen que nos liberamos de tensiones cuando puteamos y maldecimos a todos, creo conveniente revisar nuestro modo de hablar ya que de la abundancia del corazón habla la boca. Sócrates dijo: “Habla para que yo te conozca”. Y Juan Luis Vives también dijo: “No hay espejo que mejor refleje la imagen del hombre que sus palabras”.

Julio César Cháves.
Escritor78@yahoo.com.ar
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