lunes, 15 de marzo de 2010

Cadena de favores

En el film Cadena de favores, del cineasta Mimi Leder, se cuenta la historia de un niño llamado Trevor (Jaley Joel Osment), que inspirado a raíz de una propuesta de Eugene (Kevin Spacey) -su nuevo profesor de Ciencias Sociales en el colegio- según la cual los niños han de imaginar una idea para cambiar el mundo e intentar ponerla en práctica, iniciará sin saberlo una exitosa cadena de favores que se extenderá por toda la ciudad de Las Vegas y que consiste en ayudar a tres personas y que éstas ayuden en pago a otras tres.

Este film basado en la novela de la escritora Catherine Ryan Hyde, a través de uno de sus personajes, dice: “Sólo imagina. Haces un favor que realmente ayuda a alguien y le comentas que no te lo devuelva, sino que lo pague, expandiendo el favor a otras tres personas, quienes, a su vez, les transmiten esto a otras tres personas, y así sigue y sigue el favor circulando en un flujo global de amabilidad y decencia. ¿Imposible? Esta es una palabra que Trevor Mckinney no aceptó. Y entonces comenzó a hacer la cadena de favores. Tal vez es cierto que un favor no puede cambiar al mundo, pero si puede cambiar al menos a una persona, la que recibe el favor. Trevor ayudo a un adicto a las drogas. Al final, el film tiene un triste final ya que el pequeño Trevor es degollado y pierde su vida por querer ayudar a un niño que estaba siendo golpeado por dos pandilleros adolescentes.
De todas formas, el film nos deja un poderoso mensaje sobre la bondad y la capacidad de dar. Aunque muchos piensan que hay que ser mezquinos y egoístas, vale la pena dar y hacerles el bien a los demás. El individualismo dice que hay que desquitarse, pero el amor dice que hay que hacerles el bien a quienes nos maltratan. El mundo dice que hay que aferrarse a la vida a toda costa, pero Dios dice que debemos entregarla a los demás para ganarla. El orgullo dice que hay que trepar socialmente aunque tengamos que pisar cabezas humanas, pero el altruismo dice que hay que servir para sobresalir. El amor es la respuesta a todas las necesidades humanas. Es la bondad lo que mejora el mundo y nos ayuda a convivir pacíficamente. Hemos sido creados para amar a los demás como nos amamos a nosotros mismos. Dios es amor y nosotros debemos hacer del amor nuestro estandarte en este campo de batalla plagado de mezquindad, egoísmo y desamor.
“Dios resiste a los soberbios y da gracia a los humildes”. (Santiago 4:6). Hay que ser humildes. La presunción, la vanagloria y la altanería, nos alejan de los demás y nos hacen intolerantes e indiferentes hacia las necesidades de los demás. Alejémonos del narcisismo licencioso que nos divide y separa, aísla y empequeñece. No hemos sido creados para dar odio sino amor. En una ocasión Dios se le presentó a un sabio llamado salomón y le dijo: “Pídeme lo que quieras que yo te dé”. (2 crónicas 1:7). Salomón le respondió: “Dame ahora sabiduría y ciencia, para presentarme delante de este pueblo; (se refiere al pueblo de Israel, el pueblo de Dios); porque ¿quién podrá gobernar a este pueblo tan grande?”. (2 crónicas 1:11,12). Salomón pidió sabiduría para guiar a otros y Dios le dio la demás cosas que necesitaba. Si hacemos el bien, lo que necesitamos se nos añadirá. Porque lo que el hombre siembra eso cosecha, el favor que hacemos tal vez mañana lo que necesitemos.


julio césar cháves escritor78@yahoo.com.ar
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