viernes, 16 de marzo de 2007

Un molino de viento no es un gigante.


Vivimos en un mundo de apariencias. Nuestra piel es apariencia. Lo de afuera nos rodea. Nos miramos a los ojos. De apariencia. En una ocasión, Don quijote confundió molinos de vientos con gigantes. Así es. Todos nos hemos confundido como Don Quijote. En algún momento hemos sido confundidos por la piel. Lo mismo le paso a Samuel, el profeta de Dios. En 1 de Samuel capitulo 16 se encuentra esta historia. Dios le dijo a Samuel: “¿Hasta cuándo llorarás a Saúl, habiéndole yo desechado para que no reine sobre Israel? Llena tu cuerpo de aceite, y ven, te enviaré a Isaí de Belén, porque de sus hijos me he provisto de rey”. (1 Samuel 16:1). Samuel fue a la casa de Isai, sin que se enterara Saúl. Cuando llegó ahí fue cuando Samuel fue engañado por la apariencia. 1 Samuel 16:6 nos cuenta: “Y aconteció que cuando ellos vinieron, él vio a Eliab, y dijo: De cierto delante de Jehová está su ungido”. Cuando Samuel vio a Eliab quedó admirado del aspecto exterior de este hombre. La apariencia lo engaño. Pero Jehová jamás ha sido engañado por la piel. Debido a esto, Jehová respondió a Samuel: “No mires a su parecer, ni a lo grande de su estatura; pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón”. (1 Samuel 16:7). Después de que Samuel oyera esta advertencia de parte de Dios, ungió al joven pastor David, aunque era un adolescente, por rey del pueblo de Dios. La piel a Dios no lo engaña. Los ojos de Dios penetran hasta el rincón más escondido de nuestras complejas almas.
La esencia de una persona es el interior de esa persona. El corazón es lo que importa. La realidad es lo de adentro. Cuando calificamos a una persona por el exterior, estamos prejuzgando, pues debemos conocer el interior de alguien si de veraz queremos calificar correctamente. A las personas debemos valorarlas por lo de adentro. José Ingenieros dijo: “No existen personas de tan poco valor, de tal insignificancia, que en un tiempo más a menos lejano, en una o en otra cosa no puedan llegar a sernos útiles, pero, de seguro no querrán servirnos si alguna vez las hemos despreciado”.
Estamos rodeados de apariencias. Algunos individuos por fuera son una cosa y por dentro otra muy diferente. Hay personas que exteriormente parecen buenas, pero que cuando uno las conoce se sorprende por lo mala que son por dentro. La apariencia a veces dice amor, mientras que el corazón dice no te amo. Jesús nos advierte: “No juzguéis según las apariencias, sino juzgad con justo juicio”. (Juan 7:24).
La cultura contemporánea está obsesionada con la apariencia externa. Hoy lo espiritual, lo interno, el pensamiento, no importa. Todos queremos vernos bien. Por eso gastamos dinero en ropa, en peluqueros, en autos, en cremas para las manos, para el rostro, para todo el cuerpo. No cabe duda de que la piel es muy importante en este mundo. Los ojos de los jóvenes se quieren salir de sus orbitas cuando ven a una chica linda en la televisión o en la calle. La piel atrapa. La ropa atrapa. Carne trémula. Los individuos saben que la apariencia engaña y sin embargo, se dejan engañar. La sociedad ordena que hay que verse bien. Por dentro no, por fuera sí. Lo que voy a decir es lamentable, pero real. Hemos confundido los molinos con gigantes. Don Quijote, cuando vio los molinos de viento, le dijo a Sancho panza, que eran gigantes. Entonces, Sancho panza preguntó: ¿Qué gigantes? Aquellos que allí ves,- le respondió Don Quijote. Pero Sancho panza, que interpreto correctamente la realidad, le contestó: “Mire vuestra merced que aquellos que allí se parecen no son gigantes: Sino molinos de viento, y lo que en ellos parecen brazos son las aspas, que volteadas al viento, hacen andar la piedra del molino”. ¿Has confundido molinos con gigantes? Ten cuidado.

Julio C. Cháves.
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