viernes, 16 de marzo de 2007

Todo no es color de rosa.

Había una vez una familia muy pobre, cuyo hijo se encontraba muy enfermo. Sus padres ya habían intentado todo lo que estaba a su alcance para salvarle la vida, pero la condición del niño empeoraba día a día. En aquella humilde casa, la alegría se había marchitado como una flor sin agua. Aquel niño, con su ternura e inocencia, era la luz que brillaba y encantaba el corazón de su madre, trayendo al rostro cansado de su padre, después de una agotadora jornada de trabajo, la sonrisa de quien veía en el hijo la recompensa de sus esfuerzos. Para aquellas familias, la vida parecía injusta y el destino por demás severo. ¿Por qué tan terribles cosas les suceden a personas buenas? Era imposible hallar una explicación, mucho menos consolar el corazón de aquella madre afligida. Nadie tiene la culpa de ser pobre. Nadie tiene la culpa de jamás haber tenido la oportunidad de mejorar en la vida. Esas cosas, desgraciadamente, no están ligadas al esfuerzo personal o a la honestidad moral.
Muchos pensamientos conflictivos pasaban por la cabeza de aquella triste familia. Un día, cuando parecía que el fin se aproximaba, el padre, de rodillas, al lado de la cama del niño, exclamó con lágrimas en los ojos: ¡Ahora sólo un milagro puede salvar a mi hijo! El hermano más chico, que asistía todo son entender bien la situación, salió de la casa corriendo y fue a la ciudad, que quedaba a unos treinta minutos calle abajo. Corrió todo el tiempo. Nunca se detuvo. En la ciudad, fue, derecho a la farmacia, donde llegó muy agitado y pidió: ¡Por favor, Señor! ¡Necesito un milagro! Mi hermano está muy enfermo, mi papá dijo que sólo un milagro puede salvarlo. ¿Usted tiene ese remedio aquí? El farmacéutico se sorprendió con la pregunta y con el amor que el niño traía en los ojos por su hermanito enfermo.
Entonces en aquel momento, un medico de la capital, de paso por la ciudad, estaba en la farmacia y oyó la conversación. Conmovido, no pudo dejar de intervenir. Sabia de lo que se trataba: una epidemia que barría la región, y para cual él tenia el remedio justo. “Está aquí, hijo mío, el remedio que va a salvar a tu hermano”, dijo el medico. ¡Yo sólo tengo una moneda de diez centavos! Dijo el pequeño. “Todo bien”, dijo el medico. Ese es el precio, continuo. El niño corrió nuevamente hacia su casa y dijo a su padre: ¡Padre aquí esta el milagro que mi hermano necesita! El niño le contó a su padre lo que el medico le había dicho. Así que el enfermo comenzó a tomarlo. La fiebre bajo y el niño, rápidamente, se fue recuperando. ¡Que lección maravillosa que nos dejó aquel niño! En medio de las difíciles dudas del corazón, de los cuestionamientos de la mente, del miedo y de la incredulidad, el precio del milagro continúa siendo el mismo: ¡La fe de un niño!
En la vida pasamos por cosas que se escapan de las manos y que también escapan inexorablemente de nuestra comprensión. Hay situaciones que aplastan nuestro estado de ánimo y no sabemos como reaccionar ante las circunstancias negativas que nos abruman. Es en esos momentos, cuando necesitamos un milagro como el niño de la historia precedente. Lo cierto es que la vida no es todo color de rosa. En la vida, hay situaciones dolorosas, inevitables. Y los problemas, como dijo alguien, tienen la virtud de acercarnos a Dios como ninguna otra cosa. Gracias a las situaciones adversas caemos de rodillas con más facilidad ante nuestro Dios. El sufrimiento nos enseña a confiar en Dios. Nos enseña a depender de él en todo momento. Hellen Keller dijo: “Encara tus deficiencias y admite que las tienes, pero no permitas que te dominen. Déjalas que te enseñen paciencia, dulzura, y discernimiento. Cuando hacemos nuestro mejor esfuerzo para todo, no sabemos que milagro vamos a forjar en nuestra vida o en la de otra persona”.
Siempre que pasamos por circunstancias que escapan a nuestra comprensión, debemos en confía en nuestro Dios. No importa el tamaño que tenga la prueba, siempre debemos confiar en Dios y en su palabra. En la actualidad, todos estamos atravesando por un estado constante de tensión, soledad, guerras, hambre y sufrimiento sin precedentes. Es por esto, que pese a esta atmósfera da problemas sociales que nos agobian, debemos confiar en nuestro Señor de todo corazón. La confianza en nuestro Dios es vital, tanto para nuestro aspecto biológico como psicológico. El salmo 46:1 nos dice:
“Dios es nuestro amparo y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones”.

Julio C. Cháves.
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