miércoles, 14 de marzo de 2007

Sin coraje no hay guerra.

Para vivir hace falta coraje. Coraje es cuando queremos ser mejores con firmeza, con integridad, con autenticidad. Sin coraje no hay guerra. Coraje tiene mucho que ver con el corazón. Nuestro corazón debe estar abierto a lo inevitable, a lo inédito, a la lucha contra la adversidad, contra la pasividad, contra el temor. El coraje es la fuerza del alma de los valientes. Cuando poseemos coraje somos capaces de amar sin medidas. Somos capaces de amar pese a los conflictos internos, a la distancia, pese a nuestros defectos. Cuando tenemos coraje lidiamos contra la pereza, contra la falta de justicia, contra la anarquía. Cuando tenemos coraje queremos ser mejores y lo logramos. Aristóteles pensó: “Sólo nos volvemos hombres superándonos”. Y para superarnos necesitamos el coraje de abrazarnos, de sonreírnos, de comunicarnos sinceramente. Porque tener osadía es tener intimidad con la búsqueda de la perfección, más allá de que jamás la encontraremos, pues la perfección únicamente la posee Dios en si mismo.
Para ser nosotros mismos necesitamos coraje. Necesitamos el valor suficiente para permitirnos ser felices, para permitir compartir la vida con alguien, para soñar juntos. Quien tiene osadía sabe aceptar un pasado negativo, sabe perdonar, sabe dejarse amar. Un buen soldado de la vida jamás baja los brazos. Jamás se rinde. Porque ama lo que es y lo que puede llegar a ser. El coraje fluye del corazón que ha decidido enfrentar la realidad de las oportunidades de la vida. El coraje está conectado con la voluntad. Y tener voluntad es querer ser mejores, enfrentando los polimorfos obstáculos que nos desafíen. Dar la vida es tener coraje. Cuando una mujer decide abortar a su hijo eso es cobardía. Pero cuando una mejor decide tener a su hijo, más allá de los obstáculos, eso es intrepidez, osadía, valentía, coraje del alma. La fidelidad es producto del coraje. La muerte cuando hay coraje pierde su poder. En este mundo falta coraje, pues abunda la cobardía. En cierto sentido, todos somos un poco cobardes porque permitimos que los niños pasen hambre y que los ancianos no tengan un buen pasar. Si tendríamos coraje de luchar por la justicia, no permitiríamos que los corruptos queden impunes. Vivimos sin coraje porque nos olvidamos de lo que podemos llegar a ser. Sin coraje no hay guerra. Sin coraje se vive, pero mal y sin rumbo. Porque “únicamente al coraje le corresponde regular la vida”, dijo Vauvanargues.
Cuando tenemos coraje, a veces, también tenemos miedo. Pero con perseverancia vencemos los miedos. Porque el miedo trata de impedir que sigamos hacia delante. Pero el coraje mira lo positivo, imagina un futuro con sueños cumplidos. Buscar el bien de los demás, de lo de uno, es coraje, santidad, audacia. Porque amar el bien, la equidad, dos corazones unidos por un mismo propósito, es cultivar las virtudes de los grandes, de los guerreros valientes. Aristóteles decía: “Las personas verdaderamente valientes actúan solamente por amor al bien”. El coraje es dar a luz la vida. Es abortar lo negativo y dar a luz el optimismo, la verdad, la belleza del adentro. Una madre que se sacrifica por un hijo discapacitado, es la enfermera más sublime. Un bombero voluntario que brinda su vida en aras del bienestar de los demás es corajudo, audaz. En efecto, “El coraje no es una virtud, nos dice Voltaire, sino una cualidad común a los locos y a los grandes hombres”. Con coraje somos capaces de mirar a los ojos a la vida.

Julio C. Cháves.
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