miércoles, 14 de marzo de 2007

Oír con el corazón.

La ausencia de ruido es silencio. Hoy día, el silencio brilla por su ausencia. Nuestra época es una jungla de ruidos de motores, de voces de opinòlogos, de televisores encendidos, de gritos de espanto. El hombre tercermilenial yace ensordecido por sus propios ruidos mundanales. La gente de este tiempo odia al silencio. Todos quieren tapar con ruido, el vacío, la falta de paz, la falta de afecto. Por eso se escucha música a todo lo que da. Nuestras orejas y nuestros circuitos auditivos están sin funcionar. Pero nuestras lenguas fabrican palabras sin parar, sin pensar. Ahora, creo que es tiempo de escuchar, de escucharnos, de guardar silencio, porque guardar silencio es salud del corazón. Kierkegaard dijo: “El silencio es una sabiduría”.
Para escribir debo estar en silencio. El silencio es lo que me permite pensar con mayor concentración. Es lo que me predispone a organizar mis pensamientos, mis emociones, mis sentimientos, para poder escribir de un modo claro y sencillo. En efecto, la ausencia de ruido es lo que nos permite escuchar con el corazón al amor, al otro, a nosotros mismos. A de Vigny, en“Los Destinos”, pensó: “Sólo el silencio es grande, todo el resto es debilidad”. Silencio: Oír con el corazón. El silencio es una virtud que nos induce a estar en armonía con lo que nos está pasando por dentro. La total ausencia de ruido hace que estemos muy sensibles a nuestra memoria. El silencio es fundamental si queremos oír la voz de Dios. Si queremos oír el canto de los pájaros debemos dejar de lado los ruidos mundanales. Porque escuchar al corazón en medio del silencio es apreciar la importancia de lo invisible, de lo esencial. Turenne dijo: “Toda vez que queréis hablar, callad”. No cabe duda, pues, que también hay silencios negativos. Digo, hay personas que sufren en silencio. Hay personas que necesitan afecto y lo piden con silencio, por esto mismo, no lo consiguen. El silencio es bueno si nos conduce a escucharnos a nosotros mismos. Hacer ruido, sin motivo alguno, es tapar lo mal que estamos por dentro. El ruido de las grandes metrópolis revela la ausencia total de altruismo, de armonía, de solidaridad. Hacer ruido, cuando no es necesario, es sinónimo de falta de respeto, de jactancia, de extraversión imprudente. Jaime Barylko reflexionó, de este modo, al pensar en el silencio: “Porque no sé si te diste cuenta estamos muy llenos de ruido, y por más corazón que tengamos, al ruido interior, ese bullicio de datos, referencias, informaciones, gritos, deseos, anhelos, frustraciones, codicias, voluntades, todo ese vocinglerio impide que uno salga de su propio encapsulamiento para oír…”.
¡Aprender a guardar silencio es un arte! La ausencia toral de ruido, es lo que nos permite organizar nuestra conducta. Hace unos sábados atrás, cuando fui a jugar al fútbol a la canchita de las cloacas, en uno de los partidos, todos los jugadores guardaron un minuto de silencio en honor a una persona que había fallecido en un accidente. Guardar silencio es mostrar respeto, altruismo, consuelo. Aldous Huxley dijo: “El silencio está tan lleno de esculturas”. Y Saint Exupéry musitó: “El espacio del espíritu, donde puede abrir sus alas, es el silencio”. Eso es todo. Ahora, necesito estar en silencio, me parece que un pájaro está cantando.
Julio C. Cháves.
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