viernes, 16 de marzo de 2007

Mathew Poncelet y el ladron en la cruz.

En la película “Mientras estés conmigo”, del director Tim Robbins, basada en el libro de la Hermana Helen Prevean, se cuenta la historia de la Hermana Helen Prevean. Esta monja trabaja en un programa de ayuda a los marginales en New Orleáns, comprometida como está con la realidad de su gente. La religiosa mantiene correspondencia con Mathew Poncelet, un asesino condenado a muerte. Ante un pedido del convicto, la Hermana Helen lo visita en la prisión y accede a convertirse en su consejera espiritual, para asistirlo y acompañarlo hasta el momento de la ejecución de la condena.
“Mientras estés conmigo” es la historia de Mathew Poncelet que se arrepintió antes de morir por ser condenado a muerte. La historia de este criminal me hace recordar al ladrón que fue crucificado junto a Cristo. Tienen muchas cosas en común: ambos se arrepintieron de sus pecados minutos antes de morir. Ambos pidieron a Dios que los salvara por medio de Jesucristo. Ambos apelaron a la infalible justicia de Dios. Ambos murieron físicamente y ambos recibieron vida eterna en Dios. La muerte no los pudo separar del amor redentor del creador. Dios perdona a cualquier individuo, sea cual sea su crimen o delito, siempre y cuando el arrepentimiento sea verdadero. El Padrino dijo: “De que sirve pedir perdón si no nos arrepentimos de corazón…”.
Cuando Mathew estaba en su celda, mediante la consejería espiritual de la monja, se arrepintió de sus pecados e incluso, como si eso fuera poco y admirable, antes de que le aplicaran la inyección letal, les pidió perdón a los familiares de sus victimas, y la última frase que dijo fue la siguiente: “Matar está mal, lo haga yo o lo haga el gobierno”. Lo mismo que Mathew le sucedió al ladrón que murió junto a Cristo. Segundos después de que Jesús pronunciara la frase: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen, (Lucas 23:34), y mientras los gobernantes, los soldados y la gente es mofaban del salvador de la humanidad, uno de los ladrones susurro: “Jesús, acuérdate de mi cuando vengas en tu reino”. Entonces Jesús le respondió: “De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso”. (Lucas23:42-43). Momentos después el ladrón expiró al igual que Jesús, pero el destino de ese hombre cambió para siempre, pues Jesús lo libró de la muerte eterna. Jesús salvó su alma.
El mundo caído en el cual vivimos no perdona. La sociedad nuestra es negativa. Los medios de comunicación promueven el simplismo, el relativismo, la permisividad y el hedonismo. Todos hacen lo que quieren. Lo grave es cuando uno se equivoca, pues el mundo no perdona, el mundo no olvida, el mundo hace justicia por mano propia. Los hombres condenan a los hombres como si fueran jueces divinos. Sin embargo, aunque el ser humano sea cruel para con el ser humano, Dios sí perdona, él sí da una asegunda oportunidad. Dios no piensa como piensan los hombres. Dios envió a su hijo para que los seres humanos hallen salvación eterna. Dios interviene a favor de todas sus criaturas. El perdona si hay verdadero arrepentimiento. Dios sana las heridas del alma, restaura los corazones apocados y quebrantados, él vivifica a los apocados de espíritu y él da ánimo a los individuos que carecen de sentido. Dios no piensa como los hombres, pues su amor hacia la humanidad es insondable. Antes los ojos del Rey de Reyes y Señor de señores, todos somos importantes, todos somos valiosos. Nuestro valor es inconmensurable e intrínseco. Dios nos creo. Y él nos dice por medio de su Hijo, si creemos en él claro y nos arrepentimos de todos nuestros pecados, lo siguiente: “De cierto te digo que hoy estarás conmigo en él paraíso”. (Lucas 23:43).
Finalmente quiere compartirte la letra de la canción que le cantó La Hermana Helen Prevean a Mathew Poncelet minutos antes de que muriera este convicto condenado a muerte:
“Si pasas por las bravas aguas del mar no te ahogaras.
Si caminas entre las llamas no te quemarás.
Si te encuentras junto al poder del infierno y de la muerte, Dios está a tu lado.
Debes saber que yo estaré allí, hasta el final.
No temas y yo iré antes que tú.
Ven, sígueme que yo te daré descanso”.

Julio C. Cháves.
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