viernes, 16 de marzo de 2007

La soledad multiforma.

El Dr. Víctor E. Frankl, autor del conocido libro “El hombre en busca de sentido”, reflexionó: “Vivimos en una época caracterizada por un sentimiento de falta de sentido. En esta nuestra época la educación ha de poner el máximo empeño no sólo en proporcionar ciencia, sino también en afinar la conciencia, de modo que el hombre sea lo bastante perspicaz para interpretar la existencia inherente a cada una de sus situaciones particulares”.
Actualmente vivimos en una sociedad triste, angustiada y sobre todo, solitaria. La soledad es aterradora en nuestra época. Los hombres han progresado por fuera, pero por dentro: no hay nada de afectos, ni de vínculos, ni de amor. Uno mira al otro y no encuentra nada que lo ligue al otro. En consecuencia no hay cohesión social. Estamos juntos. Pero cada uno en su historia solitaria. ¿A qué se debe esta asfixiante soledad colectiva? ¿Por qué se proliferan los corazones solitarios de modo tan alocado? La respuesta es simple: el pecado nos induce a comer de los frutos malignos, destructivos por cierto. Dios dice una cosa y los hombres hacen lo contrario. De ahí la etimología del sufrimiento individual y social. Los hombres sin sentido caminan por las calles. Nadie sabe que quiere. Ni a donde va. Alguien dijo que si uno no sabe lo que quiere no puede ser feliz. Creo que esto es cierto.
Albert Einstein dijo: “Es extraño ser conocido mundialmente y al mismo tiempo sentirse uno tan solo”. La soledad es parte de la actual sociedad zambullida en las tinieblas. Soledad polimorfa. Todos en algún momento nos sentimos solos, sin nadie. Quizás con alguien al lado, pero solos en fin. Los corazones se agitan interiormente agobiados por sentimientos de soledad. Hay personas que cuando se sienten solas por momentos desesperan y no saben a donde ir. Se encuentran sin sentido, sin rumbo, sin saber que quieren. Un individuo anónimo definió la soledad de la siguiente manera: “La soledad es el doloroso conocimiento de que carecemos de un contacto significativo con los demás”. La soledad se acrecienta cuando hay obstáculos que nos impiden acercarnos a los demás. Nos cuesta socializar. Nos cuesta decir: te quiero. Nuestros egoísmos muchas veces nos empujan a la soledad. Soledad polimorfa. Solos en medio de una multitud. Solos caminando de la mano. Soledad polimorfa. El rey David se sintió solo y escribió: “De todo mis enemigos son objeto de oprobio, y de mis vecinos mucho más, y el horror de mis conocidos; los que me ven fuera huyen de mí. He sido olvidado de su corazón como un muerto; he venido a ser como un vaso quebrado” (Salmo 31:11-12).
¿Hay alguna vía de escape de la soledad? Claro que sí. Joyce Huggett escribió: “El amor no se disipa cuando se entrega; se revitaliza. Por consiguiente si quieres encontrar el camino para salir del laberinto de la soledad debes dar amor”. Dar amor es fundamental si queremos salir de la soledad. Claro que dar amor implica permitirse se susceptible. Pero hay que hacerlo. Claro que dar amor implica decir: Te quiero. Te valoro. Gracias por tu compañía. Gracias por aceptarme. Te amo aunque tengas errores. Jesús dijo: “Mas bienaventurado es dar que recibir”. (Hechos 20:35).
Jaime Barylko, gran filosofo argentino, pensó: “Mi conducta es acontecimiento. Si hablo bien y no me comporto en consecuencia, mi hablar es vano. Si no puedes modificar tu conducta, sugiero yo, al menos modificar tu habla. No hables de todo aquello que exija de ti una conducta y no puedes realizarla o no te propongas realizarla”. Si vamos a hablar de amor sin practicarlo es mejor que no hablemos. La gente de nuestra urbe ha construido un hermosos castillos de palabras, precioso mundo de palabras, pero adentro no hay nada, únicamente vacío, soledad, angustia, neura… Si vamos a hablar de amor, practiquémoslo. Si vamos a hablar de compresión, solidaridad, empatía, altruismo, pongámoslos por obra, sino callemos. El hablar vano no sirve para nada y menos para el que habla sin hacer.
El amor debe regir nuestras vidas. Debemos configurar nuestras vidas en torno del amor, de ser realmente. Debemos utilizar el don más sublime que Dios nos ha delegado que es amar. ¡Amemos! Que el amor sea un concepto teórico y también dinámico, práctico, que se mueve. Primera de Juan 4:7-10 nos cuenta: “Amados, amémonos unos otros; porque el amor es de Dios. Todo aquel que ama es nacido de Dios, conoce a Dios. El que no ama, no ha conocido a Dios; porque Dios es amor. En esto se mostró el amor de Dios para con nosotros, en que siendo aún pecadores Dios envío a su Hijo unigénito al mundo, para que vivamos por él. En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino que él nos amo a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados”.

Julio C. Cháves.
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